“El Rey pidió personalmente fondos para Urdangarín al dueño del imperio Louis Vuitton.”


En ocasiones pienso en intervenciones económicas. Tenemos miedo a un rescate pero cada vez son más las voces autorizadas que no acaban de considerar al lobo tan feroz y que incluso ven con buenos ojos esa posibilidad.

A nadie le gusta una intervención ajena en casa propia pero, si el momento lo requiere, una mediación acreditada puede significar ese punto de inflexión que toda situación convulsa necesita.

Hoy la noticia más leída en El Confidencial es: “El Rey pidió personalmente fondos para Urdangarín al dueño del imperio Louis Vuitton.”

Esto es también una intervención económica pero de otra índole, nada que ver con la que el país tiene en ciernes si mucho no cambian las cosas. Este rescate es de un suegro adinerado que hace uso de sus influencias para que su yerno siga aumentando la fortuna familiar. Una llamada que reportó  dos millones y medio de ganancias a Urdangarín y Torres. ¡Qué conferencia más bien amortizada!

Ayer Isabel Pantoja decía: “Soy como la infanta Cristina pero sin una sociedad al 50%.” También sin el capotazo de papá del que lo más inquietante sería conocer a cambio de qué fue. Quizás tras la inversión la firma le obsequió con una maleta, pero no caerá esa breva.

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Acerca de Tudi Martín

Siempre comunicamos, incluso cuando no lo pretendemos. La comunicación lo es todo y escuchar nos hace mejores. Desde esa convicción no me canso de prestar atención a quienes tienen cosas que contar. Gracias por la visita.
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2 respuestas a “El Rey pidió personalmente fondos para Urdangarín al dueño del imperio Louis Vuitton.”

  1. Manuel dijo:

    “El que tiene padrinos, se bautiza, y el que no…” pues eso, que en el “NO” estamos la mayoría: ni enchufes en empresas sólidas con vacantes “de plastón”, ni entramados societarios que permitan “optimizar” impuestos, ni un apellido (consorte y con suerte) que nos haga las veces de “ilustre curriculum”. Por eso, aunque lo sabemos, nos suena a burla cuando los que sí lo tienen -y además hacen uso y abuso- nos vienen dando consejos morales y predicando sacrificio.
    No sé porque, pero me está viniendo a la memoria aquella coplilla que decía: “Si tu padre quiere un rey, la baraja tiene cuatro: el de oros, el de copas, el de espadas y el de bastos”,,, va a ser porque estos, los de la baraja, son los que uno tiene por útiles y sabe de qué van y para qué sirven 🙂

  2. Vicente Solanes dijo:

    Visceralmente no me tengo por monárquico, tampoco por republicano. Mis vísceras, por tanto, se muestran en esto bastante neutras, aspecto que aclaro de entrada para evitar que nadie me posicione donde no estoy… y mucho menos a mis vísceras, que en otras cosas andan ellas y dejan el tema a quien corresponda 🙂
    Racionalmente, cuantas más vueltas le doy al tema, más escorada se encuentra mi conciencia para alinearse junto a una República. No es que sea anti-monárquico, sino que la historia y la lógica me llevan a esta posición. La monarquía tuvo su tiempo y cumplió su función. Las actuales, como fósiles vivientes, sólo se justifican a través de una profunda mutación, la que les lleva a convertirse en símbolo y les vacía de lo que fueran sus altas atribuciones.

    La monarquía tuvo sentido como evulución en su vertiente autoritaria y unificadora frente a los abusos particularistas de los señores locales. La autoridad real, en su día, supuso una apuesta por la igualdad y la universalidad de las condiciones de vida en unos países que, por atomizados y sometidos al feudalismo, ofrecían un triste espectáculo. El actual “todos iguales ante la Ley bien puede reputarse heredero de un “todos súbditos del rey” con el que se frenaban los abusos y tiranías señoriales. En las villas y ciudades de realengo se respiraba más libertad y justicia que en las de señorío, en las que la arbitrariedad y el capricho eran la única ley. Pero a su vez la monarquía, absoluta e indiscutible, apuntalada por una legitimidad que provenía de lo espiritual y por tanto lejos de la voluntad humana (“Rey por la Gracia de Dios”) cedió su protagonismo por pura evolución ante los empujes de la burguesía y las nuevas concepciones del poder: ya no emanaba de un ser supremo inmaterial, sino de la voluntad y el pacto de los hombres. Asistimos al nacimiento de los sistemas basados en la división de poderes y en los que la igualdad entre los no ya súbditos, sino ciudadanos, pone las bases de la filosofía política actual.
    En este panorama que recorre la historia, cierto es, quedan monarquías, pero descafeinadas, limitadas, reducidas a un papel simbólico y testimonial. La Jefatura del Estado se coloca así fuera de la disputa política… aunque se le vacía de sentido.
    Un rey actual en el marco de una monarquía parlamentaria, es sólo eso, un cuadro, una imagen,un símbolo. Pero además lo es y puede seguir siéndolo siempre y cuando respete su función y la adorne con la más exquisita neutralidad ante el juego político y, como símbolo encarnado que en definitiva es, muestre al tiempo un patrón de conducta irreprochable.
    Los problemas surgen, y se acrecientan, cuando el símbolo pretende ejercer cualquier tipo de influencia o presión más allá de sus funciones constitucionalmente reconocidas… y sobre todo cuando, dejando al margen su posición y lo que son sus deberes, esa presión e influencia se tiñen de favoritismo, arbitrariedad, desigualdad o se destinan a otorgar exenciones, regalías o patentes de corso que nadie justifica ni entiende.
    Un rey es una persona, y como tal tiene sus debilidades y sus sentimientos, sus inclinaciones y “sus razones”… pero precisamente por ser rey no puede ni debe rendirse a todo ello. Ésta es, más allá de toda duda, una parte importante de las condiciones pactadas en su contrato de trabajo.
    Corren malos tiempos, y además tenemos una reforma laboral que, llegado el caso, deja bastante claro qué sucede cuando un trabajador, sea cual fuere su puesto y cualificación, incumple palmariamente con lo que son sus obligaciones. La reiteración no hace sino añadir motivos, agravar situaciones. Esto no es la banca, no existen por tanto -créanlo o no los interesados- contratos vitalicios ni blindados.

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