“El misterio de los indígenas rubios de las islas Salomón”.


Hijos que no se parecen a sus madres, padres con ojos negros y niños de ojos azules, altos con hijos bajitos…Como si de un trilero se tratara, la genética nos despista; muchas veces no se queda con la combinación más evidente.

Es por lo que nuestros oídos ganarían si el hijo de Paul McCartney trabajara en una pizzería en lugar de cantar o por lo que no podríamos creer que Paris Hilton llegara a gestionar el emporio familiar de no ser que lo pintara de rosa.

La noticia más leída en el diario ABC es: “El misterio de los indígenas rubios de las islas Salomón”.

Hoy caminaba mirando al suelo cuando he descubierto un chicle que, a fuerza de pisotones, ha adoptado la caprichosa forma de un corazón. Esto o cómo solo han encontrado trabajo 6.000 personas tras la agresiva reforma laboral, son misterios y no lo que puede explicar la ciencia.

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Acerca de Tudi Martín

Siempre comunicamos, incluso cuando no lo pretendemos. La comunicación lo es todo y escuchar nos hace mejores. Desde esa convicción no me canso de prestar atención a quienes tienen cosas que contar. Gracias por la visita.
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Una respuesta a “El misterio de los indígenas rubios de las islas Salomón”.

  1. Maribel dijo:

    Verde liso, amarillo rugoso, y poco más. Estas dos variables bastaron al genial agustino para enunciar sus famosas “Leyes de Mendel” que todavía hoy siguen vigentes.
    Pero no obstante, obvio es decirlo, las personas no son guisantes, ni todos se arrugan ni se ponen amarillos, aunque a menudo sí – con harta frecuencia y por cualquier motivo- parecemos empeñados en poner a los demás verdes.
    El ser humano posee la facultad de elegir sus pasos, de pergeñar su destino, y para ello la impronta recibida es, solamente, una más de las facetas a contemplar; pero ni la única ni, en la mayoría de los casos -si extrapolamos determinadas características puramente biológicas asociadas a nuestro origen biológico- es tampoco la más importante.

    No, las citadas leyes no bastan para explicarlo todo en este peculiar jardín que es la sociedad en que las personas nos movemos y obramos. La genética puede ser, y es, una predisposición, una potencialidad que la ciencia admite y nadie niega… pero lo que finalmente cuenta y decide es otra cosa, y ésta no se transmite por simple herencia.
    La actitud y el tesón son, en la mayoría de las ocasiones, los que inclinan la balanza, los que se muestran decisivos; y esto se muestra cierto una y otra vez, por encima y a contrapelo de lo que pudiera ser esa impronta recibida que parece facilitar o complicar nuestra idoneidad para determinadas cuestiones.
    Ciertamente las cualidades que uno tenga de partida pueden ayudar, y mucho, pero de poco sirven si no se cultivan ni se desarrollan regándolas con esa voluntad que es tenacidad y esfuerzo.
    El no rendirse a lo que parece decidido y cerrado, el ser capaz de mantener lo que uno cree adecuado y justo por encima de las circunstancias, tendría más que ver con ese irreductible chicle empeñado en ser corazón, símbolo de sentimiento, por encima de los numerosos pisotones que le van cayendo encima cada día.
    Es la genética un indicio, un punto de partida, pero nada más. La importancia del ambiente en que crecemos y la actitud decidida, del ejemplo estimulante y la firme voluntad aplicada a la meta que nos marcamos, colocados frente a la simple herencia biológica a menudo pueden no sólo contradecirla, sino también relegarla a mera anécdota.

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