“El tono burlón de Montoro.”


Comunicar no es hablar: es expresar exactamente lo que se desea decir y cómo se desea decir.

En la comunicación no solo intervienen las palabras, también son determinantes los movimientos de las manos, el color de la corbata, la mirada o por supuesto el tono.

El mejor mensaje escrito puede ser desbaratado por una actitud inapropiada, una vestimenta ridícula, una voz demasiado aguda o unos ademanes excesivos, porque una cosa es leer y otra muy distinta ver y escuchar.

La noticia más leída hoy en el diario El Periódico es: “El tono burlón de Montoro.”

Qué buen rollo infunde ver y oír  a un ministro de Hacienda hablando con tono dicharachero: da por pensar que el cachondeo se debe a que la crisis es pura coña. Eso o es que hay gente capaz de mofarse hasta dándole el pésame a la viuda.

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Acerca de Tudi Martín

Siempre comunicamos, incluso cuando no lo pretendemos. La comunicación lo es todo y escuchar nos hace mejores. Desde esa convicción no me canso de prestar atención a quienes tienen cosas que contar. Gracias por la visita.
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Una respuesta a “El tono burlón de Montoro.”

  1. José Luis dijo:

    Comunicar es una actividad tan natural como compleja. Comunicamos no sólo a través de las palabras, pero incluso éstas admiten matices dependiendo del tono que utilizamos y el lenguaje no verbal que las acompaña. Comunicar, siempre, es transmitir y recibir no sólo ideas, sino también sentimientos y posicionamientos ante los hechos que puedan estar siendo aludidos.
    El lenguaje verbal escrito, tan importante en nuestra cultura, parece haberse adueñado de la actividad comunicativa. Se nos olvida que no es sino un sucedáneo, algo similar a una solución “de urgencia” ante la imposibilidad de llevar a cabo la comunicación “natural”: cara a cara, acompañada de toda esa riqueza que late en el ámbito de lo no verbal y, preferiblemente y siempre que sea posible, abierta,participativa, en vivo y en directo.
    Hemos sacralizado la palabra escrita, divinizado el documento entendido como inamovible y terminado texto, y tal vez por eso mismo, cayendo en nuestra propia trampa, descuidamos y olvidamos el gesto, la imagen, el tono. Parecemos no darnos cuenta de que nada hay más ridículo que unas palabras dichas de forma y manera que todo cuanto las acompaña en lugar de apoyarlas y reforzarlas, las empaña o las desdice.

    Tratar de temas de calado con la ligereza que a veces se hace, presentar explicaciones o propuestas de la misma manera en que se comentaría con un vecino el último chascarrillo acaecido en la escalera, no puede ser admisible. Faltan solvencia y talla en los comunicadores en semejantes circunstancias, pero también falta el necesario reproche nacido desde el espítiru crítico de los destinatarios.
    Ya de por sí, a determinados niveles, lo que pueda entenderse por “comunicación” está bastante alicortado y desvirtuado -no admite interacción apenas y más bien se trata de una práctica monodireccional- pero el colmo de los colmos es que, además, ni tan siquiera se guarden mínimamente las formas ni se dote a los mensajes, mediante esa íntima unión del fondo y la forma, de la imprescindible coherencia.

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