“¿Qué ha pasado para que España esté al borde del rescate?”


Hoy la noticia más leída en el diario El Confidencial es: “¿Qué ha pasado para que España esté al borde del rescate?”

Pues no lo sé, verá usted, la mayoría estábamos trabajando y todo esto nos pilló desprevenidos. Empezaron a decir en la tele que en EEUU había una crisis inmobiliaria, pero nos cogía muy a desmano. Después mi vecino se quedó sin trabajo.

Pasaron los meses y los bancos no daban préstamos. Los pisos que ya estaban hechos no se podían vender y los que estaban vendidos no se podían pagar. El dinero ahora es más caro, hay más paro y poca decisión.

Cualquier intento de compendiar la situación parece tan infantil como resumir Lo Que El Viento Se Llevó diciendo que al final una mujer dice que no quiere volver a pasar hambre y frío.

¿Qué ha sucedido para que nuestro país esté como está? La respuesta en el fondo es tan sencilla como dura: cada uno de nosotros sin excepción, hemos hecho muy mal las cosas. El futuro ha empezado no hace mucho: ha llegado el momento de cambiar sin miedo y aprender.

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Acerca de Tudi Martín

Siempre comunicamos, incluso cuando no lo pretendemos. La comunicación lo es todo y escuchar nos hace mejores. Desde esa convicción no me canso de prestar atención a quienes tienen cosas que contar. Gracias por la visita.
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Una respuesta a “¿Qué ha pasado para que España esté al borde del rescate?”

  1. José Luis dijo:

    Pues no sé, tal vez sea la mía una opinión marcadamente heterodoxa, un juicio de la situación notablemente marcado por la subjetividad y la rabia apenas contenida; una rabia basada en lo injustificado e injustificable de los hechos, por la aviesa actuación de quienes nos han llevado a ellos… porque algo sí tengo claro: aunque hemos ido todos, no son iguales ni la responsabilidad ni los caminos recorridos.
    Eso de que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” resulta, para mí, inaceptable: nada ha habido en mi comportamiento que fuese ni desmedido ni inconsciente, para nada he estirado el brazo más allá de lo que permitía la manga, nada he tenido que ver con esas burbujas de ladrillo ni pelotazos bancarios que ahora parecen ser la explicación última y que algunos se empeñan en cargar en la cuenta de todos.
    No cuenten conmigo, no cuela, no es algo que tenga -al igual que muchos otros, la gran mayoría- que reprocharme.

    Pero superado este instante de rabia, parece que lo más adecuado pueda ser el pechar con las consecuencias, y hacerlo tratando de analizar los elementos definitorios de la situación en que estamos.
    Lo primero que me viene a la mente, y lo hace de un modo ineludible, es que la tan cacareada “globalidad” se ha manifestado en su rostro más frío y poco amable. Se ha globalizado la economía, pero no para mayor y mejor servicio a todos, sino para un más acentuado control de la misma por los de siempre. Al : “cuando seas padre comerás huevos” habría que añadir, y está a la vista, que: “no es bueno poner todos los huevos en el mismo cesto”, porque cuando éste, el único y global cesto, se bambolea, se viene abajo… pues la tortilla-chafarote está asegurada.
    La interconexión es innegable, seguramente necesaria; pero el hacerlo de manera que un temblor en un rincón cualquiera del planeta pueda significar provocar un auténtico terremoto en otro lugar sin culpa ni parte y el que no haya forma de evitarlo, me parece en verdad tan excesivo como profundamente injusto.
    La segunda idea que me viene a la mente, mucho más deplorable si cabe, es que para colmo estos “terremotos globales inducidos” son al tiempo demasiado “selectivos”. Parecen cebarse con particular virulencia en aquellos que dependen de su trabajo cada día para salir adelante, en las personas “normales” que no poseen los recursos ni disponen de los mecanismos para capearla dejando que sus efectos se deslicen sobre sus hombros para caer sobre quienes se encuentran más abajo en la escala social. Hay crisis, y tal vez por ser global pueda decirse que para todos… pero no afecta a todos por igual. Y para los escépticos bastará con leer las cuentas de resultados de algunas entidades o echar una mirada a las declaraciones de personajes como el Sr. Botín por poner un ejemplo cercano.
    La igualdad, junto con la justicia, son las primeras y principales víctimas de este proceso crítico a la baja que atravesamos.
    La tercera impresión, y me temo que también demasiado conocida y evidente, es que ante estos sucesos los mecanismos tanto de control como llamados a atenuarlos, fallan estrepitosamente. Por un lado esta “globalidad económica” ha significado el desplazamiento de los centros de decisión y maniobra. Los Estados han cedido soberanía y control dejándolos en manos no siempre bien conocidas y desde luego para nada altruistas. Por otro lado los mecanismos que pudiésemos llamar paliativos, aquellos dedicados a aliviar las situaciones más insostenibles, son los primeros que se han venido abajo víctimas de las tijeras de los recortes. Estamos, por tanto, en un ciclo económico incontrolado por y desde la soberanía popular y en el que las decisiones políticas se toman en círculos nada preocupados ni interesados por otra cosa que no sea su propio beneficio.
    Por último, la cuarta cuestión que anda dando vueltas por mi cabeza posee una doble naturaleza: general y centrada en las actuaciones particulares.
    La cuestión más general se centra en asumir que no es ésta una mera crisis periódica. Esta vez las anomalías mostradas denuncian que el problema es más profundo: con las características apuntadas, globalidad mal entendida y falta de control, el sistema ha derivado a latitudes difícilmente imaginables e imposibles de sostener ni asumir. Hay que replantear el papel de la economía en el mundo y las funciones que en ella juegan los sectores implicados. Un mundo más justo, más equitativo, no sólo es posible, sino necesario, imprescindible.
    Respecto a la esfera más particular, la de cada cual, también es necesario apuntar una característica que es más bien una Ley ineludible: no sirve buscar soluciones para uno mismo con carácter exclusivo. En esta crisis, los hechos lo demuestran, o bien hay solución para todos… o no la ha de haber para nadie. La solidaridad, la colaboración, el compartir y pensar de manera abierta son, hoy, más necesarios que nunca. Es la actitud necesaria, la adecuada, frente a ese necesario cambio de modelo que se apuntaba más arriba: nada cambiará si no lo hacemos nosotros antes.
    Podemos, debemos hacerlo. Como se dice en la entrada el futuro ha comenzado ya, y cada día cuenta.

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