“Zapatero, en la calle: su chalé de León no estará terminado hasta dentro de un año”.


¿Quién cree que vamos a poder dormir esta noche en nuestra confortable y acogedora casa, sabiendo que José Luis Rodríguez Zapatero estará dentro de poco en la calle?

Pobre; seguro que el sueldo cobrado, y por cobrar, no le alcanza para pagar un alquiler y acabará dando con sus huesos en el duro asfalto. Estoy por convocar una manifestación en la puerta de la Moncloa para protestar por su desahuciado que, aunque democrático y no bancario, parece que va a dejar a una familia durmiendo al raso.

Hoy la noticia más leída en el diario El Confidencial es: “Zapatero, en la calle: su chalé de León no estará terminado hasta dentro de un año”.

Los titulares venden. De igual manera que el sumario de Sálvame clava algunos culos a la silla con Loctite, a otros ver unidas palabras como “Zapatero” y “Calle” dentro de la misma frase les provoca unas irrefrenables ganas de clicar.

Sensacionalismo el del que publica, y morbo el del que quiere ver lo que no hay: al final va a resultar que La Noria y los diarios no son tan diferentes como parecía. Sus audiencias, tampoco.

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Acerca de Tudi Martín

Siempre comunicamos, incluso cuando no lo pretendemos. La comunicación lo es todo y escuchar nos hace mejores. Desde esa convicción no me canso de prestar atención a quienes tienen cosas que contar. Gracias por la visita.
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2 respuestas a “Zapatero, en la calle: su chalé de León no estará terminado hasta dentro de un año”.

  1. José Antonio Castell dijo:

    Nunca terminaremos de aprender, de sorprendernos, de descubrir cómo y cuánto se puede jugar con las palabras.
    Lo insinuado, lo sugerido, lo apuntado e incluso lo claramente enunciado se muestran susceptibles de ser reconducidos hasta muy lejos en virtud de aquello de: “dónde dije digo, ahora debe entenderse Diego”. Es una fórmula que tiene, en estos días para casi todos difíciles, general aplicación; y la tiene porque a sabiendas de que el río anda revuelto hay demasiados aspirantes a pescadores.

    Parece que la libre interpretación se ha adueñado del panorama… pero la pena, la lástima, es que ésta-la interpretación- parece jugar siempre a favor de los mismos. Se echa demenos, aquí y ahora, una cláusula que como en los contratos de adhesión diga que lo pactado, en caso de tener que ser interpretado, lo será siempre “contra proferentem”; es decir: contra aquél que redacto la estipulación, contra quienes jugaron con el lenguaje amparándose en la indefinición y la relatividad de lo acordado.

    Nada es, por lo visto, lo que parece. Las noticias han de leerse hasta el final y analizar qué nos cuentan y con qué grado de veracidad. Al hacerlo descubrimos que a menudo se busca, o bien el impacto sensacionalista, o hacernos mirar los hechos desde un ángulo que responde a los intereses muy concretos de quienes juegan con el lenguaje.
    En el día a día ningún valor tiene lo hablado, lo convenido e incluso lo firmado. Las palabras y los acuerdos valen mucho menos que papel mojado. Amparándose en la relatividad se trata de asegurarse una cómoda posición huérfana de compromiso, una situación de ventaja que lo haga depender todo de lo que resulte más próximo a nuestros intereses en cada momento.

    Y lo que vale para el titular (porque para nada ZP se queda en la puta calle, que esto es seguro) vale también como reflexión para tu entrada del twitter, porque el altruismo colaborativo sólo puede darse con la presencia de unas insustitubiles y necesarias condiciones previas: honradez a toda prueba entre quienes lo mantienen, voluntad de hacer honor a los compromisos adquiridos y a la palabra dada, igualdad de condiciones además de limpieza de intenciones.
    De no ser así, puede llamarle como se prefiera, pero en realidad es otra cosa… y no resulta ser demasiado digna ni elegante precisamente.

    • Tudi Martín dijo:

      Tendemos a la comodidad, a buscar atacos, a no completar ni la lectura ni el análisis y muchísimo menos a comprobar la veracidad de las fuentes. Normal que acabemos quedándonos con la opinión del que habla más alto, dando la impresión de que tiene razón.

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