“Una caída fatal se lleva a Simoncelli.”


Odio las noticias luctuosas pero son inevitables. De la misma manera que la vida se abre paso ante las situaciones más adversas, la muerte irrumpe estrepitosa en los lugares más inapropiados, justo cuando nadie la espera.

Hoy la noticia más leída en El Periódico sigue siendo: “Una caída fatal se lleva a Simoncelli.”

Me ha dado por pensar que sería una buena escritora de esquelas porque siempre que me refiero a un recién fallecido tiendo a ser benévola con la persona que fue; es normal, todos moriremos pero nadie merece la muerte.

Conmueve ver en directo el infortunio, la desesperación, la pérdida, la impotencia. Todavía más cuando se presencia todo junto.

Sigo viendo sus rizos, oyendo su verborrea socarrona. Sus adelantamientos temerarios, sus colegas coléricos. Me doy cuenta de que escribir esquelas me encogería el ánimo: 24 años es una mala edad a la que morir, pero es que no se me ocurre ninguna buena para hacerlo.

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Acerca de Tudi Martín

Siempre comunicamos, incluso cuando no lo pretendemos. La comunicación lo es todo y escuchar nos hace mejores. Desde esa convicción no me canso de prestar atención a quienes tienen cosas que contar. Gracias por la visita.
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2 respuestas a “Una caída fatal se lleva a Simoncelli.”

  1. Ramiro de Zárate dijo:

    Una reflexión ante el luto, al hilo de los sentimientos apuntados:

    Infortunio, desesperación, pérdida, impotencia… sentimientos y sensaciones, por desgracia, demasiado en candelero, acechando a todos, con múltiples formas de manifestarse. ¿Qué hay sino eso mismo en un empleado que ve como se cierra su empresa, la misma a la que ha dedicado los mejores años de su vida?, ¿qué es sino más de lo mismo cuando se ejecuta una hipoteca y el lanzamiento nos deja en la calle?, ¿qué hay tras el tijeretazo que recorta lo que dábamos por logro conseguido (duramente ganado) de progreso y bienestar?
    Ante todo ello las razones, las excusas, los supuestos motivos objetivos, son sólo palabras, palabras, palabras…

    No pretendo colocar al mismo nivel lo sucedido con lo que me ha movido a reflexión, porque la vida difícilmente puede recuperarse y quiero pensar que todo lo demás sí… pero el sentimiento, la vivencia, son los mismos: infortunio, desesperación, pérdida, impotencia.
    Nos creemos auténticos dioses inmortales cuando todo va bien, pero en un momento todo puede venirse abajo, llegar el momento en que la realidad nos alcanza y abofetea, nos abate y nos deja fuera. Es otra muerte la que padecen miles y miles de personas, aquellas que, de otro modo, también caen día a día de la moto en que andan subidos y también son arrollados sin defensa posible.
    El piloto ha perdido la vida… pero tal vez hasta el último momento haya conservado sus sueños y la ilusión intactos. Muchas personas ven como su vida sigue, se conserva… aunque sus sueños son asesinados y la ilusión decapitada. Les queda, eso sí la vida, y con ella la esperanza, pero tremendamente vacía por momentos, sin luz que pueda vislumbrarse al final del túnel.
    Descanse en paz Simoncelli, que nada puede ya hacerse y, cuando menos, puede decirse que se fue haciendo aquello que quería hacer, lo que amaba y había elegido; y en esto lleva alguna ventaja, porque la mayoría no pueden acogerse a este consuelo, porque ni eligen, ni deciden, ni han tenido -en la mayoría de las ocasiones- directo protagonismo en lo sucedido.

    Una ventaja –la gran diferencia- queda para los que aquí seguimos: todavía tenemos la oportunidad de cambiar las cosas: nuestro infortunio, la desesperación, la pérdida y la impotencia tienen remedio, es algo que puede y debe lograrse. Nada debiera ser, salvo la propia muerte, irremediable, y es tarea común, deber de todos el conseguir que todo cambie, y a mejor, en adelante. Nuestros hijos, esos que todavía ocupan las cunas, los pupitres, los que con sus risas y gritos animan la calle, aquellos a los que todavía faltan algunos para cumplir los veinticuatro del piloto tristemente perdido, no merecen menos.

  2. Ricardo Soto dijo:

    Se han ido la audacia y una sonrisa casi permanente; todo un símbolo de los tiempos que nos ha tocado vivir.
    Mas allá del accidente del piloto, de este trágico e insospechado final, tal vez debiéramos tomar nota, ser conscientes de que el ir por la vida a pecho descubierto y asumiendo riesgos, que el contemplar el mundo como un abanico de posibilidades y mirarlo de manera amable y abierta, en positivo, tiene a veces estos peajes. Tal vez sea así, pero de todas formas y por lo que a mí respecta, prefiero mil veces caer sobre la pista, jugármela a fondo, el todo por el todo, que vivir con la resignación amarga como única compañera. Fortuna audaces iuvat… no se trata de inconsciencia, ni de temeridad, sino de una manera, tal vez la única que merezca la pena, de vivir la vida: el progreso siempre viene de la mano de quienes rompen moldes, abren caminos, de los que se arriesgan y se atreven.

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