“¿Qué fue de la mercromina?”


Qué fue de las cadenas del wáter, de Modern Talking, de las ganas de reír por todo,  del diabólico mando a distancia universal, de los reproductores de video o  de los cafés con los amigos.

En tiempos en los que todo caduca en lo que dura un chasquido de dedos, vemos pudrirse con la misma alegría un yogur que la propia dignidad.

Hoy la noticia más leída en el diario El Mundo es: “¿Qué fue de la mercromina?”

La obsolencia afecta a todo, no solo a máquinas, equipos o tecnología. Nosotros, igual que el videocasete, también podemos quedar obsoletos por poco adaptativos o por incomprendidos.

Mientras, algunos poco adaptativos e incomprendidos, perderíamos la vida entera en encontrar personas imperecederas, con ganas de permanecer, con la única pretensión de estar por estar bien. Acabamos de caducar y no hay mercromina que lo cure.

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Acerca de Tudi Martín

Siempre comunicamos, incluso cuando no lo pretendemos. La comunicación lo es todo y escuchar nos hace mejores. Desde esa convicción no me canso de prestar atención a quienes tienen cosas que contar. Gracias por la visita.
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Una respuesta a “¿Qué fue de la mercromina?”

  1. José María Torrente Garcés dijo:

    Marchó, espero que para siempre, la vacuna de la viruela. Quedaron atrás en la realidad y la memoria el inevitable partido único y la cartilla de racionamiento, fueron sepultados envueltos en el sudario ajado de la adhesión inquebrantable al caudillo y la pertinaz sequía recurrente culpable de tanta hambruna. Apenas se recuerdan aquellas multas que la benemérita, en cumplimiento de lo reglamentado, imponía por trabajar en domingo o proferir esas palabrotas que se escapaban en situaciones complicadas. Ya no hay mujer que precise de “autorización marital” expresa y documentada para emprender un negocio…
    Y nadie llora su partida, no creo que haya motivo para sentir nostalgia.

    Pero junto a todas estas obsolescencias por progreso, también parece que quieren colarnos otras: las conquistas sociales que han requerido siglos de lucha; el estado del bienestar que ha derivado hasta amarrar en el puerto de la entelequia; la dignidad como valor ante la crisis que sólo beneficia a algunos (los de siempre y esta vez sin rostro); la ilusión por el futuro que late en el pecho de toda la juventud que siente que se incorpora al mundo y lo hace de pleno derecho; el bienpensar y bienobrar abatido por la supervivencia ególatra; la idea como motor de la acción política; la fe en los demás que muchas veces se ven exclusivamente como rivales o posibles presas…
    Y todas estas cosas, como a la mercromina, se las hecha de menos, que no está nada clara la obsolescencia predicada y pretendida… porque al igual que ella -la mercromina que tantas veces pintó nuestras rodillas,codos, incluso el rostro- eran un remedio familiar y disponible, que lo mismo evitaban la infección de pequeñas y grandes heridas que aliviaban quemaduras.
    Y valdrá más no hacer demasiado hincapié en lo heridos y quemados que estamos tantas veces y por tantos motivos.

    El progreso, en su camino, va dejando atrás muchas cosas… pero hay otras que no debieran faltar jamás ni en nuestro botiquín de urgencia,ni en nuestra moral, ni en nuestro equipaje.

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