“Lo que el catalanismo quiere olvidar”.


Rebuscando entre la basura siempre habrá alguna perla, de la misma manera que en cualquier cofre del tesoro encontraremos falsas monedas: intentar desacreditar escudriñando el pasado y observándolo con las gafas del presente nos ofrece una interpretación sesgada de aquella realidad. Lo que fue ya sucedió y es improbable que volviera a pasar de la misma manera si influyeran todas las variables de hoy.

Lamentablemente en Catalunya estamos demasiado acostumbrados a que se nos ponga la lupa encima por un quíteme de ahí esas pajas, tanto es así que en la mayoría de los casos ni nos inmutamos, hartos ya de pedir perdón por respirar.

La noticia más leída de hoy del diario Público es: “Lo que el catalanismo quiere olvidar”.

Cuando se empieza a confundir catalanismo con nacionalismo o ser catalán con hablar catalán, se nos funden temporalmente los fusibles y esperamos a que pase la tormenta de esas descalificaciones que tanto venden.

Después de leer hace unos días en un diario como alguien explicaba con cierta saña que “el pà amb tomaquet solo tiene 100 años”,  intentando desacreditar hasta lo más humilde de nuestra mesa, lo de revolver la historia con guantes y mascarilla para sacar únicamente lo más apestoso, merece hasta un ovación por lo abnegado de la labor. Todo sea por seguir vendiendo.

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Acerca de Tudi Martín

Siempre comunicamos, incluso cuando no lo pretendemos. La comunicación lo es todo y escuchar nos hace mejores. Desde esa convicción no me canso de prestar atención a quienes tienen cosas que contar. Gracias por la visita.
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2 respuestas a “Lo que el catalanismo quiere olvidar”.

  1. Francisco, ciudadano del mundo, lic. en historia, simplemente persona dijo:

    Las pasiones son humanas, y cuando van en sentido positivo incluso elogiables. El problema está en que a veces, y lo que hoy se comenta es un buen ejemplo, en lo que huele a pasión desatada se deja fuera la razón para intentar cargarse de “razones”, entndidas como argumentos como armas arrojadizas apuntadas al corazón de los otros.
    Cuando esto sucede, el error es doble.
    De entrada, no puede dejarse fuera la razón a riesgo de prolongar y eternizar el debate, porque en su ausencia siempre habrá réplicas y puntos de vista que se opondrán a lo que se expone. La parcialidad de los enfoques, la agresión argumental, el traer a colación los temas por los pelos revolviendo el polvo de libros y sepulcros para hacer que digan ahora lo que interesa, es siempre una mala práctica.
    Pero todavía tiene segunda parte el conducirse de semejante manera. Cuando más que pensar se entra en el ámbito del “no pienso, luego embisto”, lo que se está haciendo es vacunar, reforzar, asentar y cargar de razones aquello a lo que se ataca.
    Diré de entrada que soy poco amante de los “ismos”, porque siempre me han sonado a toma de postura extrema, parcial y poco dialogante. Pero también diré que no se puede ni se debe colocar a nadie, sea grupo social, colectivo profesional o pueblo, como blanco permanente y chivo expiatorio de nada ni de nadie. No sólo no es ético, sino que además tampoco es inteligente.
    Demasiadas veces se ha retorcido la historia en interpretaciones interesadas hasta hacerla gemir; se ha mentido al explicarla y enseñarla, demasiadas veces ha llevado cada cual el agua a su molino cargando el acento en los pasajes que mejor servían a sus intereses.
    Pues bien, es hora de gritar un “basta ya”, de colocar los sucesos en su tiempo y su dimensión, en asumir el pasado y tratar de aprender de él, no utilizarlo como excusa para ataques, descalificaciones o enroques de campanario de aldea.
    La historia está ahí, nadie puede negarla ni debe tratar de interpretarla a su medida y conveniencia, lo que sí podemos y debemos hacer es contemplarla como ese camino que hemos recorrido -aunque no siempre en buena armonía- que nos ha traído hasta aquí. Estamos donde estamos y somos los que somos, y se trata ahora, de respetarlo y ver qué tramos y etapas hemos de cubrir juntos.
    El único problema para ese consenso, que es además de sentido común, es que no a todo el mundo le interesa y también, admitámoslo, que los demás no somos capaces de poner freno a los desatinos de estos pseudogurús y chamanes de los pueblos y la historia.
    Falta altura de miras, sobran demasiados intereses. Estamos apañados…

  2. Martín G. Ferrer dijo:

    No deja de ser chocante como, en muchas ocasiones, la inherente simplicidad de los conceptos, la facilidad de respetarlos, se malogra tras los intereses y las posturas escoradas intencionalmente.
    No deja de llamarme la atención el comprobar que los que se autoproclaman “apóstoles de la unidad” ponen torticeramente los palos entre los radios de las ruedas de la convivencia y la concordia, imposibilitándola de raíz, en su propia esencia.
    No deja de ser chocante, y aunque sea un simple ejemplo creo que también ayudará a mejor comprender lo que se apunta, que precisamente el ABC, diario monárquico confeso, paladín autoproclamado de esa monarquía que debe representar a todos los españoles, se preste a semejantes juegos que tan sólo rencillas y desencuentros pueden arrojar como resultado.

    Unidad no es, ni debe ser nunca uniformismo. Unidad es coincidencia desde el respeto, admisión sin reservas de las diferencias por lo que tienen de expresión de la personalidad de cada cual. La unidad busca caminos comunes, hace que se sientan “propias” y entrañables esas características de quienes caminan con nosotros y ponen la mirada en el mismo horizonte, de aquellos de los que uno sabe que ha encontrado y seguirá encontrando una mano tendida cuando los obstáculos se presenten.
    Hay que ser muy estulto o muy malvado para pretender una clonación cultural y social que no existe en la realidad; muy estúpido para pretender que el resto del mundo haya de ser una mera fotocopia de uno mismo.
    Somos diferentes, todos y cada uno, y ha de admitirse… pero sobre todo, lo que se muestra más prioritario, lo que en verdad es fundamental, es el buscar esa unidad en los fines y en la voluntad de seguir adelante juntos… desde el respeto y la valoración, con espíritu abierto y solidario. Nada más lejano a este cainismo soterrado y estéril, a estas prácticas de pisar los callos del vecino de manera tan estúpida como gratuita.
    Uno, desde la sinceridad y apelando a lo que los siglos han construido, casi hecha de menos aquel concepto de “las Españas”, en que las diferencias se admitían sin tapujos ni mayor problema, en que el acento se cargaba en la proyección de lo que se compartía, en futuras singladuras hombro con hombro, consensuadas e indiscutidas. Pesaba más la voluntad y la ventaja de caminar juntos, el reconocimiento de lo compartido, que la desconfianza por la diferencia, la envidia o la rivalidad sin sentido. Y siendo así, en las épocas abiertas y amables en que el consenso y el pacto, el acuerdo y la libertad campaban a su gusto, la unidad reinaba basada en el respeto y la coincidencia tan buscada como apreciada.
    Y no se trata de un recurso a “viejas recetas” ni tampoco un modelo trasnochado e inútil; en absoluto. El “Et pluribus unum” de USA está basado en las mismas concepciones, y no hace falta explicar cómo les va a los chicos del otro lado del Atlántico, ni tampoco entrar a discutir sobre el sentimiento de estado, nación o patria que les arropa.
    Se nos ha olvidado, al parecer, que para sentirse unido a alguien lo básico es el profundo respeto por lo que ese alguien sea.
    No puede pretenderse entendimiento alguno -mucho menos comunión espiritual ni unidad de acción- con aquellos a los que se ataca en su misma esencia, aquellos a quienes se niegan sus raíces, a quienes se coloca permanentemente bajo sospecha.

    No todos hemos nacido en Cuenca -por poner un ejemplo- ni todos somos conquenses… y esto, por lo que significa y el juego que puede darnos a todos, nadie lo dude, y a pesar de los profetas que pudieran alzar su voz exaltando las excelencias de quienes sí lo sean, no deja de ser una suerte.

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