“Aída Nizar demanda a Jorge Javier Vázquez”.


Sinceramente: veo muy poco la tele. No me siento orgullosa, es más, me avergüenza. Por culpa de ello tengo menos temas de conversación que la media y no sé de quién habla la gente.

He intentado solucionarlo sentándome delante de la televisión, sin nada que me distraiga, pero nada, no hay manera. Es así como las series me hablan de historias que no he seguido y los programas de cotilleos cuentan la vida de personas de las que desconozco absolutamente todo.

Dónde va a parar lo bien que queda hablar de la separación de la pareja de moda, en vez de contar las implicaciones de la separación entre Sudán del Sur y Sudán del Norte. Es así como se comienza a ser una persona aburrida.

Hoy la noticia más leída de El Mundo es: “Aída Nizar demanda a Jorge Javier Vázquez”.

Leo perpleja cómo el presentador llamó “hija de puta” a la ¿presentadora? y me echo las manos a la cabeza sin poder comprender cómo un supuesto periodista ejerce de maleducado nacional delante de miles de personas sin que la cadena para la que trabaja no le despida fulminantemente.

No soñemos: su nuevo contrato será más abultado cuanta más audiencia coseche y esta subirá proporcionalmente al mal gusto de los comentarios y actitudes exhibidas. A este paso, se forra.

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Acerca de Tudi Martín

Siempre comunicamos, incluso cuando no lo pretendemos. La comunicación lo es todo y escuchar nos hace mejores. Desde esa convicción no me canso de prestar atención a quienes tienen cosas que contar. Gracias por la visita.
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Una respuesta a “Aída Nizar demanda a Jorge Javier Vázquez”.

  1. José Luis dijo:

    Parto de la base de que, con toda probabilidad, algunas personas que puedan leer lo que escribo pensarán que es en exceso duro, que tal vez la he echado fuera de tiesto y que el pensamiento que voy a contar no es de recibo. Pero a pesar de todo voy a ponerlo aquí, negro sobre blanco, admitiendo toda crítica o disenso que pueda provocar la imagen que sugieran mis palabras.
    Pensaba yo que, en el fondo, no hemos cambiado demasiado -con permiso del Sr.Darwin- en unos cuantos siglos de evolución, y que este homo-sapiens-sapiens sigue comportándose de la misma manera en sus gustos y tendencias. En lo que son nuestros hábitos sigue vigente el gusto por el escándalo, lo estrambótico y el cainismo verbal. La vejación nos divierte, la dignidad de los demás nos parece moneda adecuada para traer distracción a nuestras frustraciones y horas muertas.
    Leyendo la entrada de hoy no he podido sino recordar aquella costumbre de los poderosos, nobles y reyes, de dar cobijo en sus muy serias y pagadas de sí mismos cortes y casas a los “bufones”. Eran estos personas que, o bien presentando en su naturaleza algunas anomalías de desarrollo o por su ilógica y desenfadada manera de tocar mil temas, se reputaban de graciosos y servían para distraer las horas tontas y tiempos muertos de sus ilustres valedores. Sin entrar en la valoración ética de la idea, porque no es fácil con nuestros parámetros socioculturales, lo que sí constato (según creo) es que el esquema sigue en vigor: cuanto más estridente, alejado de lo que se considera normalidad y carente tanto de fondo como de formas es un personaje, más “entretenido” resulta a una audiencia que, eso sí, se ha democratizado aumentando por la base, popularizado con todas las consecuencias.
    No lo comprendo, me cuesta admitirlo, pero es así: a mayores despropósitos, mayor éxito; ante la ausencia de educación, admiración (fascinación incluso…) El espectáculo está en el ruido, en la más absoluta transgresión de toda norma de conducta, de los mínimos indispensables que impone la actitud ética más básica.
    Y no me sirve que se diga que estos modernos bufones mediáticos son flor de un día, porque lo que de verdad me preocupa es que sigamos dándoles el predicamento y la notoriedad que gozan y para nada merecen. No son ellos, nosotros somos el problema, nuestra actitud la responsable.

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