“Aguirre se sincera ante Gallardón: “No tenemos ni un puto duro””.


Estás más gorda. Pareces más viejo. Podría ir a cenar contigo pero  no me da la gana porque no te aguanto. Tu casa parece una sucursal de Ikea. Cuando bebes eres patético. Prefiero irme en metro porque conduces como un patán. Ay, qué bonita es la sinceridad.

Hoy, la noticia más leída en el diario El País es: “Aguirre se sincera ante Gallardón: “No tenemos ni un puto duro””.

Seamos sinceros: Esperanza Aguirre ha sido “pillada” en varias ocasiones con los micrófonos abiertos porque le importa un cuerno que se aireen determinados asuntos. Podría decir que es analítica e inteligente pero en aras de la sinceridad debo escribir que arpía y larga lo es un rato como para no saber cuándo estaría más mona con la boca cerrada.

Qué bien se queda uno cuando es sincero y deja que las palabras se junten a su libre albedrío, pero crea adicción: ¡Vamos  ZP confiesa para cuando es el adelanto electoral ahora que Rubalcaba está a salvo tras su retirada del Gobierno! Ya paro que me pasa como con las pipas: no puedo comerme solo una.

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Acerca de Tudi Martín

Siempre comunicamos, incluso cuando no lo pretendemos. La comunicación lo es todo y escuchar nos hace mejores. Desde esa convicción no me canso de prestar atención a quienes tienen cosas que contar. Gracias por la visita.
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Una respuesta a “Aguirre se sincera ante Gallardón: “No tenemos ni un puto duro””.

  1. Manu Ochoa Vives dijo:

    Nada hay, en el mundo ni la naturaleza humana, que sea un valor absoluto; la sinceridad, bajo ciertas condiciones, tampoco.
    En realidad, y esto no es un tema polémico para nadie, la sinceridad es un valor positivo en la persona… pero lo que no puede ser es obligatoria ni mucho menos intempestiva ni gratuita.
    Siempre me parecerá bien la sinceridad en una respuesta, razonada y honesta, a una pregunta directa; pero no puedo decir lo mismo ante una opinión no solicitada que, para como y además, puede ser lacerante para quien ha de escucharla. La verdad es la verdad, y no debe escamotearse cuando se requiere su presencia… pero tampoco está bien el que acuda a determinadas fiestas “sin haber sido invitada”. Después de todo han de sopesarse dos aspectos que, en condiciones normales, desde la cotidianidad, no se contemplan: por un lado la “verdad” que espetamos con toda sinceridad es, en muchos casos, tan sólo “nuestra verdad”, y el que más y el que menos nos equivocamos con frecuencia. Por otro lado no siempre somos capaces de escoger adecuadamente la “presentación” correcta para mostrar esa verdad, eligiendo demasiadas veces la menos apropiada para no levantar ampollas de todo tipo en quienes están implicados en lo que decimos.
    La sinceridad es pues un valor, y digna de admiraciión; siempre que no lleve a ser impertinente, grosero o sea en sí una agresión gratuita y desproporcionada. Los motivos y las razones, junto con la elección de lo que sea en su caso la forma más adecuada y menos lacerante, también en esta cuestión son importantes.

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