“Las increíbles historias de los hombres más ricos de China.”


Hoy la noticia más leída en El Confidencial es: “Las increíbles historias de los hombres más ricos de China.”

Llama la atención que en una empresa China se imponga no encariñarse con mascotas o que un empresario asiático triunfe gracias al chivatazo de la subida de la carne de bovino; de la misma manera los chinos sonreirán ante las pelucas de tirabuzones en la administración de Justicia del Reino Unido o la genuflexión real.

Las diferencias entre culturas existen y la mejor manera de respetarlas sin ofender es imponer una serie de normas llamadas protocolo, aunque este pueda parecer del todo ridículo.

Se pregunta Ana Pastor en Twitter qué tiene que ver el “decoro” con llevar pantalones cortos y tirantes en el Congreso. Tener que explicarle esto a unos guiris que acuden a visitarlo podría ser aburrido pero comprensible. Que una periodista de su talla se cuestione públicamente unas normas mínimas del saber estar en determinados lugares, además aburrido, es incomprensible y desalentador.

El protocolo no son normas anquilosadas procedentes de las tradiciones: protocolo es un código gracias al cual la comunicación fluye sin la interferencia de malos entendidos. Sin él habría demasiado “ruido” en la comunicación como para poder escuchar lo realmente importante.

 

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Acerca de Tudi Martín

Siempre comunicamos, incluso cuando no lo pretendemos. La comunicación lo es todo y escuchar nos hace mejores. Desde esa convicción no me canso de prestar atención a quienes tienen cosas que contar. Gracias por la visita.
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3 respuestas a “Las increíbles historias de los hombres más ricos de China.”

  1. Mariano Claver dijo:

    El “antiformalismo” está de moda, y puede estar bien; pero a condición de que se entienda en sus justos términos: un negar la rigidez que anuda el fondo a la forma privando a aquel, en ocasiones, de toda validez por una referencia obligada a una fórmula cerrada, por auténtica hipertrofia de carácter formal.
    Pero antiformalismo no es un término agraciado, porque no supone renuncia a la importancia de las formas, ni tampoco el desecharlas por inútiles. No cabe en esto, como en tantas cosas, un movimiento “pendular” de carácter maniqueo, este “nada” contrapuesto a lo que en otras épocas, tal vez, simplemente era “demasiado”.
    La forma, como bien apuntas en la entrada, debe ser un canal que garantice unas condiciones mínimas para que se de la comunicación, para que el encuentro sea posible y conjurar el peligro de que puedan darse malas interpretaciones entre quienes, muchas veces, sin esas garantías formales, se sentirían violentos, incómodos o cohibidos.
    Esta es la esencia del protocolo: garantizar las condiciones ambientales del encuentro, asegurar que la comunicación sea fluida y cumpla unos mínimos exigibles para que pueda ser también útil.
    Tras las formas, muchas veces, laten el respeto, la consideración y el interés. A través de las formas puede ser posible y fructífero lo que sin ellas resultaría imposible y frustrante.
    Algo tan sencillo como respetar los turnos de palabra, tratar de oponerse -llegado el caso- a una opinión o una propuesta sin hacer de ello una agresión o un insulto, son formas, útiles y positivas formas consagradas por todos aceptadas y comprendidas.

    La forma, por así decirlo, no debe oponerse al fondo; pero sí es capaz de librar a éste de toda posible interferencia, permitiendo ese intercambio de ideas, opiniones, sugerencias, intereses, sentimientos que, en esencia, llamamos comunicación.

  2. José Luis dijo:

    Las formas, aún denostadas en ocasiones, son importantes. Además de constituir esos “mínimos” que tantas veces hacen posible el diálogo entre posiciones distantes o ideologías y culturas muy diferentes, todavía tienen asignado otro papel: y es que a través de ellas, de las formas, pueden salvaguardarse valores y principios de lo que es el fondo de la cuestión.
    En este sentido me llamó la atención el otro día una entrada que hacías en twitter y que aparecía reflejada en el blog sobre “la aceptación del regalo y la prohibición de ventas a pérdida”. Podría pensarse, también en este asunto, que fuese una mera cuestión formal y resulta de difícil comprensión. Pues bien, “eso” tan ilógico a primera vista tiene su razón de ser si uno tiene presente la legislación mercantil y de la competencia.; un claro ejemplo de cómo “la forma” puede servir para garantizar el fondo.
    Después de la segunda guerra mundial, contagiados por la “moda USA” e influenciados por la ayuda económica que suponen los acuerdos que se van firmando con los EE.UU. y el incipiente “desarrollismo” por el que apuesta el régimen de Franco con los tecnócratas, se introducen en España (en torno a los años 60) los conceptos y principios de la “Ley Antitrust” norteamericana, que con el tiempo se irían modificando y actualizando por la necesaria adecuación de las leyes españolas con vistas a la incorporación a la Unión Europea.
    La ley de defensa de la competencia contempla, entre otras cosas, la prohibición de tres grandes tipos de prácticas: la colusión (acuerdos entre empresas para fijar precios en el mercado), el abuso de posición dominante (fijando precios unilateralmente, evitando la incorporación de competidores, imponiendo contratos anudados o discriminatorios, impidiendo el acceso a los componentes o materias primas…) y, finalmente, las prácticas de competencia desleal, y aquí precisamente entraría la cuestión que planteabas. Se entiende que “vender por debajo del coste” constituye una práctica desleal por suponer que se trata de “precios predatorios” que adopta una empresa (fuerte y consolidada) con la idea de hacerse con todo el mercado o una parte significativa del mismo eliminando toda posible competencia, quedándose en un monopolio en la práctica por desaparición de los competidores que no pueden, está claro, mantenerse mucho tiempo en el mercado produciendo y vendiendo a esos precios. No obstante, hay “matices”: así se excluyen de tal consideración las rebajas (sujetas a fechas y normativa), la liquidación por cierre o cesación de la actividad o, también en algunos casos, promociones de lanzamiento y cuando se trata de dar salida a stocks acumulados con cierto riesgo de obsolescencia.
    Respecto al “regalar” también entrarían un par de cuestiones en liza: en primer lugar se admiten los “regalos” cuando se reputan de “publicidad”, pero bajo ciertas condiciones: no como “regalo asociado” a la venta de otro producto si el precio y valor del regalo supera al de la venta, siempre y cuando no constituya a su vez una práctica tendente a expulsar del mercado a los competidores ni a falsear el valor y precio real del producto o la estima y concepción sobre ese precio y valor que puedan tener los consumidores, siempre que no falsee las condiciones del propio mercado.
    En segundo lugar, y con cierta lógica, se piensa que la de los “regalos” (ingreso cero) no es una política que ninguna empresa pueda mantener largo tiempo y que tampoco, dado su carácter gratuito, es demasiado fácil que lleven a confusión sobre el “verdadero valor” del producto en cuestión. A pesar de ello también hay desarrollo normativo que trata de “fijar y acotar” el volumen y entidad de esos “regalos”. Como ejemplo podríamos recordar ciertos problemas que tuvo en este sentido la Editorial Planeta cuando, por la compra de colecciones de libros o enciclopedias regalaba reproductores de CD o DVD, televisores… llegó un momento en el que la de “los libros” era una compra inútil o marginal respecto de los regalos ofrecidos, y se les llamó al orden. Ahora sigue siendo posible, pero se ha modulado y racionalizado el planteamiento respecto a estas operaciones de promoción y venta.
    Tras las formas, en muchas ocasiones, hay intención, política, ideología. Por esto también, como en el ejemplo que traemos hoy a colación, demuestran ser no ya importantes, sino básicas.

    • Tudi Martín dijo:

      Gracias José Luis, aprender es el mayor de los placeres, todavía más cuando ese aprendizaje supone entender leyes aparentemente absurdas que después resultan no serlo tanto.
      Un saludo.

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