“La bacteria de las hamburguesas.”


Los pepinos españoles han quedado formalmente exculpados: no son los causantes de las muertes de las que se les acusaban.

El problema es que, a estas alturas, los agricultores españoles tienen paradas miles de toneladas de mercancías y la onda expansiva de la desconfianza llega ya hasta la frutas de hueso que está en plena temporada de recogida.

La noticia más leída hoy en el diario El País es: “La bacteria de las hamburguesas”. La tentación de venganza está presente; qué ganas de cambiar el titular por “La bacteria de la cerveza alemana y las salchichas de Frankfurt”.

Los diligentes alemanes, cautos y pacientes cuando el asunto que les atañe lo consideran determinante para sus intereses, han demostrado un comportamiento propio de una república bananera.

Si algo positivo ha traído “la crisis de los pepinos” ha sido escuchar a Rosa Aguilar, una mujer a la que no le tiembla la voz , diciendo: “No descartamos pedir responsabilidades a Alemania por los daños”. Ya está bien de eufemismo y generalizaciones, a las cosas hay que llamarlas por su nombre, a los culpables también.

Como suele suceder en todas las situaciones extremas, cuando se desencadenan, todo el mundo queda por lo que es. Ahorremos apelativos.

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Acerca de Tudi Martín

Siempre comunicamos, incluso cuando no lo pretendemos. La comunicación lo es todo y escuchar nos hace mejores. Desde esa convicción no me canso de prestar atención a quienes tienen cosas que contar. Gracias por la visita.
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Una respuesta a “La bacteria de las hamburguesas.”

  1. Quino Porta Miralles dijo:

    Suscribo la reflexión que haces, Tudi, palabra por palabra.
    Hay que ver como lo que sucede en casa propia requiere prudencia y, cuando se piensa que es en la ajena, se lanzan el rumor y la sospecha a los cuatro vientos… y caiga quien caiga, que lo he soltao y ya está.
    Los teutones, tan metódicos ellos, se han pasado siete pueblos esta vez. No sólo han actuado a la ligera, sino que todavía no han regresado de ahí, de esos siete o setecientos pueblos más allá por el camino de regularizar el asunto. La alarma fue como un reguero de pólvora prendida; retirarla y dejarla sin efecto parece una carrera de caracoles contra tortugas cojas: leeeentaaaaaaaaaaaaaaa…

    Y en este “quedar cada uno como lo que es”, otro apunte pescado en los telediarios: algunos a río revuelto, esos vecinos tan simpáticos, los mismos que volcaban los pepinos en las cunetas o pegaban fuego a los camiones de fruta, han aprovechado la ocasión. Del otro lado de la muga han lanzado, con todo descaro, una peculiar campaña: “Por seguridad alimentaria, compre productos franceses”.

    Ya puede hablar sin temblor alguno en la voz, e incluso desgañitarse a gritar con más razón que un santo Rosa Aguilar, que esto tiene ya difícil remedio: el mal está hecho,nos la han jugado; y recuperarse va despacito.

    Uno no sabe si estamos de verdad en la Unión Europea o si seguimos en ese corrillo de intereses, que se llamó “mercado común”; el mismo que de “común” tiene sobre todo el parecer vulgar, el actuar a veces como si nada importase, como si en el fondo no fuese sino una disputa a gritos entre quienes se miran tan sólo el propio ombligo, listillos, “aprovechaos”, charcuteros y verduleras.
    Pues vale, juguemos: mejor pepino que salchicha, que por algo, como diría Arguiñano y sabe cualquier “frau”, el producto de aquí tiene más presencia y fundamento.

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