“La velocidad primera hipótesis del accidente de Ortega Cano”.


Andamos sacándole punta al asunto de los pepinos e ingeniando chistes. Y mientras barajamos la posibilidad de prohibir la expresión “me importa un pepino” para evitar la alarma social ¡es broma! los que todo se lo toman muy en serio, han desatado una nueva crisis en la agricultura española. Siempre es mejor señalar al otro y que la bomba estalle en mercado ajeno.

La investigación todavía no ha acabado pero cada vez parece más evidente que los pepinos españoles (y volvemos a sonreír a pesar de las dramáticas consecuencias) no han sido los culpables de las muertes por bacteria contaminante.

Es difícil, muy difícil hablar de la “crisis del pepino” sin que se nos ponga cara de coña. En este país somos así, nos reímos de nosotros mismos ante las más lamentables situaciones (y que dure), pero la pregunta nos la formulamos igualmente: ahora ¿quién repara el daño hecho?

Hoy la noticia más leída del diario El País es: “La velocidad primera hipótesis del accidente de Ortega Cano”.

Disculparéis que con este titular haya decidido unilateralmente hablar de la huerta, pero con el tema del torero se puede acabar cometiendo el mismo irreparable error que con las presuntas hortalizas contaminadas: la vida del famoso pende de un hilo y algunos conjeturan sobre la velocidad a la que circulaba y si iba o no borracho. Lo único barato aquí y en el resto de Europa es hablar.

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Acerca de Tudi Martín

Siempre comunicamos, incluso cuando no lo pretendemos. La comunicación lo es todo y escuchar nos hace mejores. Desde esa convicción no me canso de prestar atención a quienes tienen cosas que contar. Gracias por la visita.
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2 respuestas a “La velocidad primera hipótesis del accidente de Ortega Cano”.

  1. Carlos dijo:

    Suele decirse que éste es un país de ingenieros y sabios: todo el mundo tiene la respuesta… aunque no siempre se acierta, pero mientras tanto se habla. Se dice y contradice, se pontifica más que se opina y nos importa un pepino (con perdón) a quién se le saque la piel en el entretanto.
    Por eso, entre tanto hablar y opinar, decir y asegurar, no queda sino ceñirse a los hechos obetivos:
    – el atestado de la Guardia Civil da fe de que el mercedes conducido por Ortega Cano circulaba a má velocidad del límite de 90 Km/h. fijado para esa vía.
    – el mismo atestado afirma que el automóvil que conducía Ortega Cano invadió el carril contrario.
    – el famoso diestro está, en estos momentos, luchando entre la vida y la muerte después de una complicada intervención y tras haber tenido que ser excarcelado del amasijo de hierros en que quedó convertido su coche.
    – fue imposible realizar, in situ, un análisis de sangre que pudiera registrar la tasa de alcoholemia (comprobación estandard en estos casos) aunque después en el hospital sí se realizó y de la que no han trascendido los resultados.
    – el conductor del otro vehículo falleció en el accidente y sus restos han sido hoy incinerados.

    Y a falta de más datos contrastados, y de los oportunos pronunciamientos por parte de las autoridades competentes, todo lo demás son sólo eso: palabras, palabras, palabras.

  2. José Luis dijo:

    Como dice Carlos: palabras… pero las palabras, a veces, como ahora, pueden causar más daño que la más afilada de las dagas.
    Hoy se ha sabido: los análisis realizados quitan la razón y niegan todos los argumentos a la tal Cornelia Prüfer. Las autoridades alemanas han debido reconocer que la bacteria NO procede de los pepinos españoles. Pero el mal ya está hecho; la exculpación llega algo tarde.
    Mientras se aclaraba el asunto se han perdido millones de euros para el campo español, y con él para los almacenistas, transportistas, exportadores… y no sólo en Alemania, que la palabra-falacia-rumor ha volado alto y lejos.
    Palabras, sí Carlos, palabras: terrorismo verbal e idiota, ligereza imperdonable que difícilmente puede cuantificarse.
    Los juristas hablan de daño emergente y de lucro cesante para el cálculo de la correspondiente indemnización… pero a ver quién es el guapo que calcula y cuantifica lo que se ha perdido no sólo en lo que se está pudriendo en los almacenes y en el campo, sino en prestigio, confianza e imagen; algo que en los mercados, en una economía abierta, global y competitiva, no tiene precio.

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