“La Junta Electoral Provincial desautoriza la concentración en Sol”.


El hartazgo ante la clase política ha ocasionado una curiosa escena: rosas rojas y gaviotas azules por fin juntas. ¡Menudo cuadro nos ha dejado la indignación!

Jóvenes, ancianos, bebes en cochecito, gente de mediana edad: todos indignados porque la clase política no escucha. Ni los unos ni los otros.

Trinidad Jiménez cree que la solución pasa por mejorar la comunicación, explicar mejor “lo que estamos haciendo”, dice, como si determinadas medidas necesitaran de un libro de instrucciones para ser comprendidas.

No deja de ser paradójico: los ciudadanos diciendo que no se nos escucha y los políticos convencidos de que no se les entiende. Hasta ahí llega la falta de entendimiento.

Para comunicar eficazmente antes hay que atender, saber cómo se expresa nuestro interlocutor, conocer qué espera de nosotros y sobre todo tener muy claro lo que queremos decir. Sin escuchar difícilmente podremos hacer llegar nuestro mensaje en toda su magnitud: transmitiendo la información de manera adecuada y generando empatía.

Hoy la noticia más leída en el diario Público es: “La Junta Electoral Provincial desautoriza la concentración en Sol”. Estamos indignados pero siguen hablando sin querer oír y además nos mandan a casa.

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Acerca de Tudi Martín

Siempre comunicamos, incluso cuando no lo pretendemos. La comunicación lo es todo y escuchar nos hace mejores. Desde esa convicción no me canso de prestar atención a quienes tienen cosas que contar. Gracias por la visita.
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Una respuesta a “La Junta Electoral Provincial desautoriza la concentración en Sol”.

  1. Lola Correas dijo:

    Indignación. ¿Cómo no sentirla?, ¿qué hacer sino expresarla?
    Cuando a cualquier persona se le niega el futuro y el presente se le hace vivir como una dura prueba de supervivencia, cuando quienes tienen el encargo y responsabilidad de buscar soluciones sencillamente niegan el problema, cuando parece que de nuevo han cobrado vida los fantasmas de las dos Españas que ni se escuchan ni se entienden, ¿qué queda sino la indignación como primera respuesta?

    La política, y esto está en la conciencia de todos, ha devenido una profesión, una especie de ejercicio de habilidades zigzagueantes para eludir los problemas antes que para solucionarlos. Y como todo oficio la política también tiene su jerga, un lenguaje plagado de lugares comunes y eufemismos que, a su vez, todavía quitan perspectiva de realidad al discurso y al pensamiento de quienes la practican. Es muchas veces un lenguaje de tópicos e irreal que parece sólo comprensible para iniciados.

    Se quejan los políticos de que no se les entiende; los ciudadanos de que no se les escucha. Y probablemente ambos colectivos tienen razón. Pero aceptando el hecho, lo verdaderamente relevante es que aquellos –los políticos- se deben a los ciudadanos, que sólo por ellos tiene sentido su existencia.
    El no escuchar y no ser capaces de hacerse entender, y más cuando es la prueba de moverse en lo que se dirían mundos distintos, representa una anomalía funcional y profunda achacable sólo a quienes olvidan que representan y no sustituyen ni suplantan la voluntad popular, y a quienes tampoco les es dado “interpretar” las inquietudes ni “cerrar los cauces” para que esa voz popular pueda expresarse con la libertad que entre todos hemos conquistado y que las Leyes deben garantizar.
    Por otra parte las Leyes, y de esto tenemos un buen ejemplo en la resolución que ha tomado la Junta Electoral de Madrid, no son ni pueden ser un arsenal jurídico y formal para legitimar y arropar cualquier decisión. Cuando no se aplica la Justicia, cuando no se reflexiona a la luz de la razón, una decisión formalmente legal puede mostrarse también inequívocamente injusta.
    No hay razones de peso que avalen la decisión tomada por la Junta Electoral. Falta motivación jurídica de entidad, se ha recurrido a meros formalismos y vaguedades para motivarla.
    Menos mal que alguien ha tenido el suficiente criterio para no llevar las cosas demasiado lejos. Hubiese sido un error inmenso y difícilmente reparable.

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