“El escritor Ricardo Piglia rompe el silencio sobre el suicidio del profesor español que daba clases en Princeton”


Antonio Calvo se suicidó, pero sus alumnos de la Universidad de Princeton no le dejaron morir y no pararon hasta que su trágico final saltó a los medios de comunicación internacionales conmoviendo a la opinión pública.

Sólo entonces la rectora de la institución académica dio una serie de explicaciones que, más que una exposición de los hechos, pareció una campaña de suspense en torno a la figura de Calvo. “Fue un despido procedente”, concluyó.

Hoy la noticia más leída en el diario El País es: “El escritor Ricardo Piglia rompe el silencio sobre el suicidio del profesor español que daba clases en Princeton”

Primero fueron sus alumnos, ahora un colega de 10 años de trabajo que además es una eminencia de las letras argentinas, quienes defienden a quien ya no puede hacerlo. Ha llegado el momento de hacer justicia con la palabra; el arma más poderosa con al que contamos.

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Acerca de Tudi Martín

Siempre comunicamos, incluso cuando no lo pretendemos. La comunicación lo es todo y escuchar nos hace mejores. Desde esa convicción no me canso de prestar atención a quienes tienen cosas que contar. Gracias por la visita.
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2 respuestas a “El escritor Ricardo Piglia rompe el silencio sobre el suicidio del profesor español que daba clases en Princeton”

  1. Marisa dijo:

    Tal vez él tomase la puerta de salida para no regresar más, pero lo mataron la indiferencia, la hipocresía y la falta de humanidad.
    Esta sociedad que guarda las formas y ha perdido los valores de fondo está enferma; ¿cómo si no puede llevarse a una persona hasta semejantes límites?

  2. Juan Farinas López dijo:

    Leo y trato de comprender. No lo consigo del todo. Cuanto se me ocurre me produce una pena tremenda, un sentimiento de impotencia y de derroche que no puedo evitar y que me embarga.
    Apartando los ojos de las líneas y palabras mi mente se pone a dar vueltas sobre lo leído. Y como sin querer acuden a mi mente, se hacen presentes dos conclusiones:

    La primera está en referencia a esta manera que tenemos en la actualidad de vivir nuestra vida. Nos creemos fuertes, curados de espanto; somos individualistas y autosuficientes y nunca reparamos en que, en un momento dado, cuando el destino nos la juega, lo que somos es en realidad bastante débiles, vulnerables en exceso a la pérdida del brillo y la consistencia de la propia imagen que sobre nosotros mismos nos hemos forjado y que deseamos proyectar a los demás.
    Quitarse la vida es una grave decisión, algo que sólo se explica desde la convicción de que no queda alternativa que nos valga, que todo se ha perdido, que el futuro está cerrado.

    La segunda se ocupa de las condiciones en que nos tenemos que mover, de ese permanente control que los demás ejercen sobre nosotros y nuestros actos.
    Nadie quiere ahora responsabilidades sobre lo ocurrido; pero antes tampoco nadie tuvo un gesto de comprensión, de apoyo, de humanidad para quien atravesaba un momento difícil. Desde su posición de severos censores de la conducta ajena y llevando a un hombre hasta la desesperación, quienes ahora se lavan las manos actuaron amparándose en la legalidad formal (fría e hipócrita en tantos casos) y propiciando lo sucedido.

    En este sentido el “todo se hizo legalmente” de la rectora no me convence, no consigue ocultar el alcance de lo que produjo: una segura, aunque probablemente involuntaria, inducción al suicidio.
    No creo que sea ético el interpretar lo sucedido de esa manera, el cerrar así este penoso capítulo de la historia de esa universidad.
    Algo no está bien cuando una institución, sus suposiciones y juicios de valor sobre el comportamiento de una persona, pueden provocar semejantes desenlaces.
    Nada sabemos de qué debieron decirle al involuntario protagonista sus detractores y jueces, qué presiones ejercieron sobre su conciencia, hasta qué punto debió él sentir su dignidad herida. Pero lo que sí ha quedado de manifiesto es el resultado.

    Es triste, muy triste. Creo que en toda esta lamentable historia lo único que reconforta un tanto el ánimo de quienes llegamos a conocer los hechos son la postura del compañero que rompe una lanza por Antonio Calvo, el malogrado profesor, y la actitud leal y cariñosa de sus alumnos. Ellos han puesto en todo esto la única nota de esperanza y humanidad.

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