“Princeton asegura que el despido de Calvo fue procedente”


Despiden a un profesor en la Universidad de Princeton y cuatro días después se suicida. Ahora la rectora de la magnífica institución rompe su silencio de dos semanas para decir que el despido se formalizó de acuerdo con la ley, como si con ello quedara libre de todo mal.

Hay multitud de acciones lícitas  y procedentes (entendidas como legales) que pueden carcomerle el ánimo al más entero, sobre todo cuando consisten en matar moscas a cañonazos sin dejar resquicio legal al que acogerse para la defensa. Sucede.

Hoy la noticia más leída del diario El País es: “Princeton asegura que el despido de Calvo fue procedente”

Han sido los propios alumnos los que han unido el cielo con la tierra hasta dar a conocer a la opinión pública el dramático suceso; Antonio debió de ser un nefasto profesor para que sean sus propios alumnos sus máximos defensores.

La aclaración del finiquito legal es sencillamente patética; mejor que vayan preparando otra. Esta, por favor, más creíble.

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Acerca de Tudi Martín

Siempre comunicamos, incluso cuando no lo pretendemos. La comunicación lo es todo y escuchar nos hace mejores. Desde esa convicción no me canso de prestar atención a quienes tienen cosas que contar. Gracias por la visita.
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Una respuesta a “Princeton asegura que el despido de Calvo fue procedente”

  1. Vicky Larraz dijo:

    Debo comenzar admitiendo que me faltan datos; por tanto me abstendré de abordar los entresijos del caso concreto, pero no obstante sí me parece una buena oportunidad para realizar una pequeña reflexión sobre lo que supone, en las condiciones actuales, la práctica docente.
    No basta, contra lo que se supone, con un buen conocimiento de la materia que se pretende enseñar. Tampoco es suficiente con un planteamiento que respete las características de los alumnos y sus conocimientos previos. Además, y éste puede ser el caso, el profesor, el docente, está obligado no ya a encajar en un perfil “correcto” personal y profesionalmente, sino que además debe ser “del gusto” de quienes se erigen en oráculos de la verdad y guardianes de la ortodoxia; y todo ello en múltiples facetas que trascienden la mera actividad académica.
    Simplificando podría decirse que, una vez más, “vale más caer en gracia que ser gracioso” y que la libertad de cátedra es una mera declaración de principios que, como ahora, en muchos casos entra en la categoría de la entelequia.
    A una estrella mediática se le tolera y perdona casi cualquier cosa; los económicamente poderosos pueden hacer gala de todo tipo de excentricidades en cualquier esfera… y nadie le colgaría el cascabel al gato porque ni se concibe que pueda ni deba hacerse. Pero en la Universidad, supuestamente un foro abierto y dialogante, el que se mueve o tiene algún tic que no es del gusto de los de siempre, no sólo no sale en la foto, sino que se esfuma en algunos casos como el que hoy nos ocupa, y en otros muchos, sencillamente, se vuelve transparente: ni se le ve, ni se quiere verle.

    Hay muchas formas de manejo y control, y las palancas suelen moverse en silencio… pero algunas veces es inevitable que se manifieste el mecanismo en toda su crudeza, que se levante polvareda y se alcen algunas voces formulando preguntas de comprometida y difícil respuesta. Pero ha de haberla, por el bien de todos no es de recibo un simple pasar página.

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