“Ana Rosa pagará 100.000 euros a Finito de Córdoba”.


Se miente, se ofende, se daña: no se repara. Se grita, se agrede: no se pide perdón. En ese guirigay en el que se ha convertido la parrilla televisiva todo está permitido y si no se chilla y se insulta la grada no aplaude.

Hoy la noticia más leída en el diario El Periódico es: “Ana Rosa pagará 100.000 euros a Finito de Córdoba”.

Aumentar los ingresos publicitarios haciendo crecer los índices de audiencia a cualquier precio, no le ha pasado factura hasta ahora a las grandes productoras, que han seguido en esa dinámica sin asumir responsabilidades. Es más, cuanto más se difama y se daña más se enriquecen las grandes cadenas y los profesionales que asienten en el plató a sus tertulianos.

Ha tenido que ser el Tribunal Supremo quien concluya que dañar la imagen de las personas cuesta 100.000 euros, poniendo así el límite que deberían haber acotado los profesionales de la comunicación para continuar siendo considerados como tales.

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Acerca de Tudi Martín

Siempre comunicamos, incluso cuando no lo pretendemos. La comunicación lo es todo y escuchar nos hace mejores. Desde esa convicción no me canso de prestar atención a quienes tienen cosas que contar. Gracias por la visita.
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5 respuestas a “Ana Rosa pagará 100.000 euros a Finito de Córdoba”.

  1. José Luis dijo:

    Creo que has puesto el dedo en la llaga, Tudi, porque se trata ni más ni menos que de eso, de profesionalidad. Y cuando digo profesionalidad me refiero al buenhacer que debe exigirse a quienes, supuestamente al servicio de todos, de la opinión pública, tienen a su disposición como herramienta de trabajo unos medios tan potentes. Profesionalidad que no garantiza en absoluto un “cuadrito en la pared” -título universitario lo llamarían otros- sino que nace de la asunción de la ética, el rigor y la práctica del contraste de todo cuanto se afirma o se insinúa en antena, que proporciona información o brinda opinión desde una postura que, llamando a las cosas por su nombre, es al tiempo respetuosa con los términos y las personas a quienes se aplican.
    No se trata de hacer más ruido, sino de que el ruido que llega a nuestras casas sea el reflejo de una realidad que podemos y debemos conocer. No se trata tampoco de buscar el impacto y el morbo que suba índices de audiencia, sino que lo llegue a nuestro conocimiento sea, y en esto está la esencia del servicio público que todo comunicador debe perseguir, un “material previo”, contrastado y veraz, para que cada cual se forme su opinión, pueda hacerse su composición de lugar.
    No estamos en tiempos de excelencia en lo que a comunicación se refiere. Se ha ganado en acceso y velocidad, en inmediatez y conocimiento… pero lo que tantas veces nos llega, aquello a lo que accedemos, carece de esa calidad y cualidad que son, en última instancia, el justificante ético y funcional de los medios. No hay demasiados profesionales en los medios, y tal vez no interesa que los haya… en su lugar hay trileros, manipuladores y prestidigitadores siempre dispuestos a sacar un nuevo conejo de cualquier chistera.

  2. Txema Albert dijo:

    En 1.934 -y ya ha llovido…- Enrique Santos Discépolo terminaba de componer uno de los tangos más famosos de la historia del género. Había tardado dos años en dar con la letra, que dormía mientras tanto en un cajón y que retomaba sólo de tarde en tarde.
    Aquel “Cambalaque” era una magnífica fotografía de su tiempo (escándalos políticos y financieros, corrupción, prepotencia, el uso “torticero” -curiosa palabra- de cualquier circunstancia para hacer caja en beneficio propio…).
    Se acabó el siglo -incluso el milenio- y desgraciadamente, la vigencia de aquella letra sigue intacta porque el “a río revuelto ganancia de…” es casi un emblema de estos medios de comunicación a la que la gente sigue (o seguimos) como borregos. La culpa de que haya putas no la tienen la putas, la tienen los clientes; la culpa de que haya “telebasura” no la tienen los que la hacen, la tenemos los que no le damos al botón y cambiamos de canal

    CAMBALACHE
    Que el mundo fue y será
    una porquería, ya lo sé.
    En el quinientos seis
    y en el dos mil, también.
    Que siempre ha habido chorros,
    maquiavelos y estafaos,
    contentos y amargaos,
    barones y dublés.
    Pero que el siglo veinte
    es un despliegue
    de maldá insolente,
    ya no hay quien lo niegue.
    Vivimos revolcaos en un merengue
    y en el mismo lodo
    todos manoseados.

    Hoy resulta que es lo mismo
    ser derecho que traidor,
    ignorante, sabio o chorro,
    generoso o estafador…
    ¡Todo es igual!
    ¡Nada es mejor!
    Lo mismo un burro
    que un gran profesor.
    No hay aplazaos ni escalafón,
    los ignorantes nos han igualao.
    Si uno vive en la impostura
    y otro roba en su ambición,
    da lo mismo que sea cura,
    colchonero, Rey de Bastos,
    caradura o polizón.

    ¡Qué falta de respeto,
    qué atropello a la razón!
    Cualquiera es un señor,
    cualquiera es un ladrón…
    Mezclao con Stravisky
    va Don Bosco y La Mignon,
    Don Chicho y Napoleón,
    Carnera y San Martín…
    Igual que en la vidriera
    irrespetuosa
    de los cambalaches
    se ha mezclao la vida,
    y herida por un sable sin remache
    ves llorar la Biblia
    junto a un calefón.

    Siglo veinte, cambalache
    problemático y febril…
    El que no llora no mama
    y el que no afana es un gil.
    ¡Dale, nomás…!
    ¡Dale, que va…!
    ¡Que allá en el Horno
    nos vamo’a encontrar…!
    No pienses más; sentate a un lao,
    que ha nadie importa si naciste honrao…
    Es lo mismo el que labura
    noche y día como un buey,
    que el que vive de los otros,
    que el que mata, que el que cura,
    o está fuera de la ley…

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