“Kaká se harta de Mourinho”.


Vivimos entre la incredulidad de circular a 110 kilómetros por hora mientras la Unión de Guardias Civiles (UGC) califica la reducción de “tomadura de pelo” y oír a un científico de la NASA asegurar que han encontrado en el espacio vida no procedente de la tierra, otra vez. Lo siento, aquí ya nadie se cree el asunto de la vida extraterrestre si no se da rueda de prensa con E.T. de la mano.

Phil Collins se retira porque, dice, ya no puede aportar nada a la música: no nos lo tragamos. Y la otrora idolatrada periodista Mercedes Milá defiende a Ana Rosa Quintana diciendo: “el periodismo es eso”. No puede ser lo que estamos leyendo.

Hoy, la noticia más leída del diario El País es: “Kaká se harta de Mourinho”. Por fin una noticia creíble sin fisuras.

En la macedonia de motivos por los que alguien puede llegar a estar en desacuerdo con el entrenador blanco, hay tantos gustos como colores, pero el de Kaká es el más amargo: no cuenta con él.

Un entrenador es un gestor del talento al que se le paga por potenciar lo mejor de las personas con el objetivo de que el equipo salga fortalecido. Seguro que Mou fue un gran entrenador pero, por lo que sea, de un tiempo a esta parte no pasa de ser una persona tóxica que vicia el ambiente en el que se mueve, generando discordia y malestar.

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Acerca de Tudi Martín

Siempre comunicamos, incluso cuando no lo pretendemos. La comunicación lo es todo y escuchar nos hace mejores. Desde esa convicción no me canso de prestar atención a quienes tienen cosas que contar. Gracias por la visita.
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Una respuesta a “Kaká se harta de Mourinho”.

  1. José Luis dijo:

    El deseo de mejorar, y hacerlo cada día, no sólo es humano, sino también encomiable. El pretender alcanzar las más altas cotas dentro de lo que sea la profesión de cada cual y con arreglo a sus posibilidades, también lo es sin duda…
    Pero cuando uno se cree que ya lo sabe todo, se siente casi un dios, por encima de toda posible crítica o se deja llevar por sus impresiones pretendiendo que siempre ha de tener razón, algo se ha torcido, irremisiblemente, en esa trayectoria lícita de autosuperación.
    En semejante situación, como si se hubiese alcanzado la meta final del camino, uno se apea del nivel de autoexigencia, pierde la coherencia -y a menudo también los papeles- y se convierte en una rémora antes que en una ayuda para el colectivo de todos aquellos con los que se relaciona.
    Es un signo claro de que ha llegado la hora de dejarlo, de marcharse.

    Marcharse cuando todavía no se ha empañado esa imagen que los demás puedan tener en positivo es lo mejor que puede hacerse; porque de poco sirven todos los logros conseguidos si, en un determinado momento, se imponen las sombras a las luces, se actúa de manera tan poco aceptable, se puede causar tanto daño.

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