“Revilla cancela su colaboración con el programa La Noria”.


Miguel Ángel Revilla es uno de los presidentes autonómicos más mediáticos: tiene don de gentes y su talante tan vivaz como bonachón nos hace creer en la franqueza política, términos a menudo contrapuestos.

Hoy la noticia más leída de El Periódico es: “Revilla cancela su colaboración con el programa La Noria”.

Isabel Durán confundió al presidente cántabro con un invitado de los que cobran por ser despellejados en lugar de identificarlo como contertulio de los que suelen cobrar por, en ocasiones, despellejar. Craso error, en la casquería se invirtieron los papeles.

Intervenir en determinados programas significa correr el riesgo de comenzar participando como colaborador y acabar rociado de la misma porquería que se esparce sin miramientos contra cualquiera que por allí deambule.

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Acerca de Tudi Martín

Siempre comunicamos, incluso cuando no lo pretendemos. La comunicación lo es todo y escuchar nos hace mejores. Desde esa convicción no me canso de prestar atención a quienes tienen cosas que contar. Gracias por la visita.
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2 respuestas a “Revilla cancela su colaboración con el programa La Noria”.

  1. C. Peláez dijo:

    Suele decirse que: “dime con quién andas y te diré quien eres”; algo que Miguel Ángel Revilla parece no haber tenido en cuenta.
    Ignoro las razones que le llevaron a aceptar su participación en “la Noria”, pero debiera haber reflexionado sobre el alcance de su decisión y la naturaleza de la misma. Algunos políticos han pasado antes por semejante tiovivo… pero ha sido como hecho puntual, por razones de interés muy concreto y localizado; creo adivinar, además, que con un guión si no “pactado y cerrado”, al menos sí consensuado sobre los temas que se iban a abordar. Salvo Pilar Rahola, desde su posición de “ex” y hasta la fecha, ningún político lo ha hecho con carácter permanente…
    Pues bien, siendo asi la cosa, nadie debería ni rasgarse las vestiduras ni llamarse a engaño; porque cuando en un programa prima el espectáculo a no importa qué precio, cuando uno lo sabe con toda seguridad y entra sin más en semejante dinámica, ha de asumir que se juega con fuego y que es bastante probable que pueda quemarse.

  2. José Luis dijo:

    La imagen de Chavez en sus intervenciones político-festivas nos ha hecho sonreír en muchas ocasiones por lo bananero y barriobajero del modelo; pero ahora mismo, ante noticias como la que hoy se comenta, puede ser que la sonrisa se nos hiele en los labios y se transforme en preocupada mueca. Porque ahora no se trata del desparpajo improcedente ni de las maneras de golfo matón de que hace gala el impresentable caudillo venezolano, porque estamos hablando de algo que nos toca mucho más de cerca, de algo que, salvando las diferencias, en esencia participa de lo inadecuado del foro y de la degeneración del lenguaje utilizado.
    Cuando aquellos a quienes se confía la gestión de lo de todos hurtan el debate de su foro natural -los parlamentos- y lo trasladan a programas de dudosa entidad y solvencia; cuando las ideas lo son “de café” y carecen de base y reflexión, siendo su alcance y finalidad el cosechar el fácil y efímero aplauso del público que asiste a la función circense; cuando el concepto de personaje público se muta de semejante manera y se mezcla con otros “elementos-sujetos mediáticos”… algo está pasando, esto no es ya de recibo.

    Algunos politicólogos han denunciado, no sin cierta nostalgia, una patente decadencia de las ideas y una devaluación del discurso en la política contemporánea. Se ha hablado del advenimiento de una “edad de los enanos” en la que la falta de calado teórico y la recurrente solución de imponer las matemáticas de la simple mayoría ha sustituido a la dialéctica de los conceptos, y la imaginación y la iniciativa parecen haberse perdido. Pero a pesar de todo la ceremonia de las urnas ha de seguir, y es necesario ofrecer algo a los electores; y de eso se trata a fin de cuentas. A veces la polémica y el espectáculo pueden ser una fuente de jugosos dividendos electorales y la popularidad parece posible a través de la saturación de las pantallas con la propia imagen; y ya no importa tanto lo que se diga como el hacerse presente (a poder ser omnipresente), y cuanto más se hable de uno, sea por lo que fuere, tanto mejor…
    Lo lamentable es que los ciudadanos de a pie tengamos que conformarnos, y está claro que lo hacemos, con semejantes sucedáneos.

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