“Ocho semanas de meditación pueden cambiar el cerebro”.


Hoy la noticia más leída en el diario ABC es “Ocho semanas de meditación pueden cambiar el cerebro”.

Qué pasa con los descerebrados que actúan sin pensar. Y con los que pecamos de ser excesivamente reflexivos, ¿realmente la causa de que no se produzca sintonía entre ambos la tiene nuestra masa encefálica?

Lo esperanzador de este estudio es que demuestra la plasticidad de nuestro cerebro, también de nuestra conducta: de poco servirá excusarse a partir de ahora con el consabido “es que yo soy como soy y ya no puedo cambiar”.

Aunque lo que realmente agradezco es poder decir, apoyada por la ciencia, a algunos interlocutores que no me entiendo con ellos, no porque sean unos perfectos gilipollas, si no porque nuestros cerebros han sufrido cambios estructurales diferentes.

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Acerca de Tudi Martín

Siempre comunicamos, incluso cuando no lo pretendemos. La comunicación lo es todo y escuchar nos hace mejores. Desde esa convicción no me canso de prestar atención a quienes tienen cosas que contar. Gracias por la visita.
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2 respuestas a “Ocho semanas de meditación pueden cambiar el cerebro”.

  1. Diego dijo:

    No estoy convencido de que ocho semanas sean suficientes, y no lo estoy porque la otra parte de la condición es que hay que meditar; y aquí se fastidia el invento.

    No resulta demasiado fácil ese viaje al interior de nosotros mismos, el bucear en lo que realmente somos y sentimos. Tenemos seguramente demasiado miedo, lo rehuimos y si alguna vez”nos mojamos” no es por tirarnos a la piscina, sino por introducir la puntita del índice y ya está; sin pasar más allá de la superficie.

    No es sencillo cambiar nada sin un análisis previo y plantear opciones alternativas; no lo es si tenemos en cuenta que incluso la realidad que se muestra ante nuestros ojos, la “externa”, la que además podemos mirar más desapasionadamente, a menudo la interpretamos mal porque no sabemos o no queremos leerla.
    Tal vez miramos, pero no vemos; y si alguna vez lo hacemos es harto frecuente utilizar nuestro particular e interesado prisma en el proceso.
    Ocho semanas pueden parecer mucho tiempo; y todavía más metidos en las prisas que nos hacen correr cada día delante de la saeta del segundero o el parpadeo digital de los segundos. Pero no lo son cuando han de cambiar tantas cosas, cuando necesitan de unas condiciones que, normalmente, no tenemos ni queremos.
    Meditar, sin demasiada parafernalia, en sentido ámplio y con actitud reposada y deshinibida, hacerlo simplemente como hábito y costumbre, centrándonos en la vivencia sin importar demasiado la magnitud del tema que tomemos como objeto, que todos los que sentimos cerca son, por eso mismo importantes; sumergirnos en nosotros mismos unos minutos al día… esto sería lo deseable, en ello radica el secreto.

  2. Javier Losada dijo:

    Meditar; algo tan necesario como prácticamente imposible, ¡pero si apenas nos da tiempo de pensar en lo más inmediato! Para muestra, un botón: esta mañana, un día como cualquier otro, metido a la faena y feliz por tenerla, un alto en el camino y una pausa que aprovecho para recargar saldo en el móvil (el mío todavía es prepago). Ya está, de vuelta a las mil cosas que quedan pendientes.
    No llega el mensaje que confirma la recarga: mosqueo, pero piensas que a veces estos mensajes (todo el mundo anda agua al cuello) tardan su tiempo. Sigue sin llegar, más mosqueo, compruebas y… ¡la pifiaste!, has bailado los números de tu propio móvil. Con cara de gili te haces a la idea, te excusas en parte: “siempre con prisas y yo no me llamo, lo raro es que alguna vez lo recuerde…” En un segundo propósito tratas de enmendar el error. Error, pero esta vez de concepto: te sale la maquinita sin alma que va desgranando opciones: “Si le ha pasado X haga Y, si desea K diga Z… un monólogo que pretenden colarnos como diálogo de algo más de un minuto cada vez (y has de intentarlo tres veces hasta conseguir hallar “vida humana” al otro lado. Finalmente te atienden (es un decir): tienes todos los datos y las claves, que por algo felizmente la casualidad ha hecho que conserves el recibito… pero no, no es suficiente. Como única opción el ganapán de turno te dice que has de poner un fax a la compañía, y que tras las comprobaciones ésta dará curso a la petición y al cambio si procede, pero que esto lleva cierto tiempo y…
    Nuevamente te encuentras con que debes decidir sobre la marcha, que el tiempo y la calma sólo son para la compañía, no para ti. Ni lo piensas demasiado ni, por supuesto, meditas la acción ni la respuesta: le espetas que le deseas un buen día, dado que entre el protocolo de la compañía, tu despiste y la falta de cauces razonables para solucionarlo a ti ya te han amargado el tuyo. Añades un escueto y cortés (aunque también cortante) “gracias por nada” y cuelgas.
    Y de nuevo a la faena, a seguir haciendo, sin demasiado tiempo (y esta vez es una suerte) para pensar ni meditar sobre lo que ha pasado… aunque te queda ese sabor amargo en la boca, y no por haber “metido la pata”, sino por comprobar que en este tiempo y en este mundo no hay lugar para los errores más involuntarios, sencillos e intrascendentes; que todo se pasa al cobro y hasta sonarse la nariz, a riesgo de buscarte un problema, requiere una precisión de cirujano.
    Meditar, pensar, reflexionar… está muy bien la idea, pero resulta bastante utópica en el pandemonium que nos envuelve, entre la prisa y el despiste primado y propiciado por los mil temas que, aún sin entidad, nos tienen atrapados.

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