“El discurso de odio envenena la democracia”.


La violencia dialéctica es un chute de mala leche que hace mella en aquellos que adoptan los discursos ajenos como propios.

Los daños que nuestro lenguaje pude causar no son los mismos si desbocamos nuestra agresividad en el salón de casa, en el bar de la esquina o en el debate sobre el estado de la nación.

Hoy la noticia más leída en el diario Público es: “El discurso de odio envenena la democracia”.

Líderes de opinión y medios de comunicación deberían analizar cuál es su audiencia y qué lugar ocupan ellos mismos en la sociedad para así sopesar las posibles consecuencias de sus palabras. Si no se hace este estudio previo de la situación cualquiera podría tacharles de bocazas si la metedura de pata es menor y de inconscientes si el discurso se sale de madre.

Dicho de otro modo: si no se sabe hablar lo mejor es callar.

Aunque no se pueda ser acusado de apretar el gatillo, despotricando sin miramientos también se puede cargar de munición el arma del otro.

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Acerca de Tudi Martín

Siempre comunicamos, incluso cuando no lo pretendemos. La comunicación lo es todo y escuchar nos hace mejores. Desde esa convicción no me canso de prestar atención a quienes tienen cosas que contar. Gracias por la visita.
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3 respuestas a “El discurso de odio envenena la democracia”.

  1. Pepe Ramos dijo:

    La palabra… ¿qué es la palabra?
    Se puede acariciar con palabras, se puede crear un mundo acogedor y mágico, se pueden expresar esperanzas y sueños, apoyar el esfuerzo de otros, demostrarles cariño y afecto…
    Por las palabras -a su través- hablan las ideas, y pueden comprenderse, compartirse, llegar a ser patrimonio común. Mediante palabras puede mostrarse el corazón y el alma a los demás…

    La palabra es algo así como una herramienta, un arma en ocasiones; es la palabra, nuestra palabra, como un alter ego que se muestra al mundo y que permite que éste pueda conocernos y saber qué pensamos, qué sentimos, qué necesitamos…
    Las palabras son el más conseguido y refinado logro de la humanidad, las que permiten el desarrollo de esa faceta social sin la que seríamos o dioses, o demonios solitarios y separados de los demás.

    Pero por eso mismo, por lo que son y lo que valen, por lo que pueden conseguir, las palabras han de cuidarse, medirse en tanto en cuanto afectan a los otros, tomar la necesaria conciencia de su finalidad y su alcance.
    Puede hacerse más daño con una frase malintencionada, o inconsciente, o dicha a la ligera, que un gancho colocado en la boca del estómago.

    Dos pensamientos me vienen a la mente en relación con la importancia y el valor de las palabras:
    – “No hables si lo que has de decir no es más hermoso que el silencio”.
    – “Hay tres cosas que no pueden recuperarse: la flecha lanzada, la oportunidad perdida y la palabra dicha”.

    • Tudi Martín dijo:

      Antes de nada, bienvenido Pepe, un placer.
      Pues sí, la palabra es una herramienta que puede convertirse en el más sublime de los instrumentos o en una barra de hierro para dar golpes. Lo mejor es que convertira en una cosa o la otra está en nuestra mano…a ver si elegimos bien.
      Saludos.

  2. Fátima dijo:

    Cada persona es como un mar de sentimientos. Las corrientes y las olas son cambiantes al compás de las experiencias que vivimos, de los sueños que acariciamos, de nuestras pequeñas y grandes victorias y también, como no podría ser de otro modo, de nuestros fracasos y las bofetadas que la vida nos da en ocasiones.
    A menudo este sentir se muestra además plural y complejo. Nuestros propios pasos van haciendo camino y éste, el camino, ni siempre está claro ni tampoco es regular ni previsible. Los sentimientos entonces se entremezclan y combinan, tienden a definir nuestro estado de ánimo en alguna de las infinitas combinaciones posibles. Y está bien, es natural que así suceda. Pero hay un sentimiento que no debiera -nunca- entrar en alguna de estas combinaciones, uno que debiéramos desterrar de plano por lo que tiene de negación de nosotros mismos y por lo que supone, y éste es el odio.
    Puede haber lugar para el coraje, para el inconformismo, para la rabia incluso… pero si de veras queremos ser nosotros mismos, no esclavizarnos ante las situaciones, sentirnos capaces de superar todo cuanto no nos gusta, el odio debe quedar fuera. Tiene el odio su propia dinámica, ciega y en espiral, y sólo conduce a la infelicidad y la angustia, al miedo y la destrucción.
    El odio nunca es un buen consejero, ni un compañero de camino; se trata más bien de un auténtico, asorbente e insufrible tirano. Nada puede desdecirnos tanto de la cualidad de personas, llevarnos tan lejos y distantes de lo que somos y queremos ser como el odio.

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