“La trampa del grupo gastronómico”.


Oferta y Demanda son las reinas de los mercados: unas todopoderosas capaces de ordenar a su antojo los comercios del barrio o el panorama económico internacional.

Los fabricantes tabaqueros se echan las manos a la cabeza porque con la nueva ley antitabaco van a ver recortados sus ingresos, mientras las empresas de cigarrillos electrónicos se están forrando.

Los instaladores de estufas de exterior no dan abasto, pero los estanqueros están molestos porque el cigarro de vapor de agua se vende en las farmacias.

Oferta y Demanda, es así de sencillo. También así de cruel.

Hoy la noticia más leída del diario Público es: “La trampa del grupo gastronómico”.

Se me olvidó contar que hay una tercera diva nada desdeñable: la Picaresca.

De todas formas que nadie se lleve a engaño porque esa señora es muy lista, pero poco inteligente y sus correrías acaban siendo correrías de un día, tan sonadas como breves.

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Acerca de Tudi Martín

Siempre comunicamos, incluso cuando no lo pretendemos. La comunicación lo es todo y escuchar nos hace mejores. Desde esa convicción no me canso de prestar atención a quienes tienen cosas que contar. Gracias por la visita.
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Una respuesta a “La trampa del grupo gastronómico”.

  1. Gonzalo Ramírez Díaz dijo:

    A veces las fronteras se desdibujan; sucede a menudo porque no siempre es demasiado fácil encontrar la sutil línea de separación entre las posturas y los principios.
    No me posicionaré del lado del hábito, del humo; pero tampoco quiero hacerlo al acoso y derribo de los fumadores por el mero hecho de serlo.

    Me parece buena cosa que se pongan por delante y por encima los derechos de los no fumadores, que tengan la llamémosle prioridad. Razones de respeto y salud lo avalan y se trata de un simple acto de justicia.
    También merece mi aplauso cualquier campaña de concienciación llamada a desterrar el hábito (vicio) así como todos los planes que puedan ponerse en marcha para ayudar (deshabituar-desenganchar) a quienes quieran dejarlo.
    Pero mi viaje termina aquí: los fumadores no debieran estar en ninguna lista de búsqueda y captura, ni de acoso y derribo.
    Resulta muy diferente defender unos derechos a pretender imponer a los demás una determinada conducta en ámbitos y lugares en los que sus prácticas sólo a ellos atañen.
    La “salvación de los `pecadores´(fumadores) con o sin su consentimiento” recuerda otros tiempos y otras prácticas; corresponde a concepciones de la libertad devaluadas y a un creciente intervencionismo en ámbitos que no son abordables, lícita y éticamente, por la sociedad ni por el Estado.

    Me pareció bien en su día la medida de prohibición de fumar en los transportes públicos, en los locales cerrados de espectáculos, en las aulas y las oficinas abiertas al público. Por supuesto también estoy de acuerdo en el derecho de los niños a no ser ahumados por sus papás, y como ya he expuesto más arriba a todo plan y campaña tendente a educar y erradicar semejante vicio… pero ya aquí, y poniendo las cartas boca arriba, me parece un buen momento para “parar el carro” porque no es de recibo ni levantar la veda ni emprender la persecución de quienes fuman más allá de lo que exige e implica la defensa de los derechos de los demás.

    La picaresca siempre tiene su espacio; somos así, reconozcámoslo. El buscarse la vida o buscarle las vueltas a las medidas que no asumimos es un rasgo muy nuestro. De nuevo, desde esta perspectiva, vuelve a dibujarse otra frontera: no es lo mismo una opción ante un vacío legal – una elección concreta y favorable de entre todas las legalmente posibles- que una hecha en fraude de Ley, respetando la letra pero retorciendo la argumentación hasta llevarla a la postura que no estuvo jamás en el espíritu de la norma.
    No es de recibo la reconversión fulminante, sobrevenida y sobre el papel, de una cafetería o un bar en “sociedad gastronómica” para eludir y burlar la normativa; pero tampoco lo es el llevar “la persecución” más allá de lo razonable, invadiendo y arrollando la esfera de la privacidad y mutilando la libertad, reviviendo la Inquisición para crear una nueva casta de ciudadanos permanentemente bajo sospecha y susceptibles de ser arrojados a la hoguera.

    El emprender una cruzada o una caza de brujas, el proscribir y perseguir más allá de lo estrictamente necesario, tiene algunos nombres muy concretos… y me temo que no son políticamente correctos ninguno de ellos.

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