“Cierre masivo de sitios web de enlaces a descargas en protesta contra la “Ley Sinde”.


Es tan fácil “bajarse” contenidos en Internet que se nos ha olvidado lo que suponía pagar por la música y las películas. Es demasiado cómodo no reparar que los músicos, actores, maquilladores, cantantes…viven de ello.

Pero en esta baraja hay cartas para todos y de la misma manera resulta imperdonable que la industria audiovisual haya sido incapaz de moverse con la agilidad de los tiempos para evitar que la piratería remueva sus cimientos. No me refiero a prohibiciones y cierres de páginas web.

Hoy la noticia más leída del diario El Mundo es: “Cierre masivo de sitios web de enlaces a descargas en protesta contra la “Ley Sinde”.

En los negocios y en la marca personal el valor añadido es determinante para lograr el éxito, pero quien se siente más allá del bien y del mal mira por encima del hombro y pierde la perspectiva de su propia realidad.

Contra la piratería se lucha dándole valor al dinero del consumidor, respetando y agradeciendo su deferencia por elegirnos, ofreciéndole lo que no puede conseguir apretando una tecla. Esta guerra se vence con ingenio y me temo que la llamada Ley Sinde no tiene de eso.

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Acerca de Tudi Martín

Siempre comunicamos, incluso cuando no lo pretendemos. La comunicación lo es todo y escuchar nos hace mejores. Desde esa convicción no me canso de prestar atención a quienes tienen cosas que contar. Gracias por la visita.
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5 respuestas a “Cierre masivo de sitios web de enlaces a descargas en protesta contra la “Ley Sinde”.

  1. José Luis dijo:

    No termino de creer en lo inexorable del cumplimiento de las leyes de la ciencia; y en las del mercado y la economía todavía menos. Pero los principios están ahí, y son estadísticamente fiables: precio elevado = mercado paralelo, bien sea de imitación o de pirateo; precio razonable = ventas según la relación calidad-precio del producto ofrecido.

    No discuto el derecho de los autores y ejecutantes a percibir un precio justo por sus creaciones; pero la política de las discográficas, editoriales y la omnipresente SGAE ya son otra cosa.
    Si los programas, CD o DVD llevasen un precio “razonable” la piratería disminuiría hasta hacerse irrelevante: sólo se imita, copia o piratea aquello a lo que se fija un precio demasiado elevado para hacerlo accesible al público… y pasaron los tiempos en que el arte se concebía y realizaba para unos pocos.
    Todo cuanto busque marcar la diferencia por el precio, lo que sea excluyente por llamarse y pretenderse exclusivo, está condenado a ser objeto de un comercio alternativo y paralelo.

    • Tudi Martín dijo:

      El tiempo en que el arte era concebido para unos pocos es pasado, pero los que no se enteran siguen adoptando las mismas medidas para restringir el paso, ciegos ante la evolución de los tiempos y huérfanos de ideas para reconducir la situación. Hay que pensar en otra dirección y eso cuesta.

  2. Susana dijo:

    Será porque mi profesión, historiadora, me hace ver las cosas desde una perspectiva evolutiva hacia lo que ha supuesto en cierto modo progreso, apertura, generalización de oportunidades y servicios; pero lo cierto es que en este tema tengo mi propio punto de vista:
    En tiempos pretéritos algunos servicios se concebían para unos pocos, y así las orquestas de cámara, los correos reales, o el mismo saber a través de los libros, estaban fuera del alcance de la mayoría.
    Fue preciso inventar la imprenta e introducir el papel para que el saber se hiciese popular. El mismo proceso siguió la comunicación postal, que asumida por el estado y por el precio de una simple estampilla posibilitó el acceso prácticamente universal. Por último la invención del disco y el fonógrafo supusieron un paso de gigante para hacer de la música un arte que dejó de ser un lujo para ser un bien cultural de consumo.
    En este panorama general sin retorno, todo cuanto se oponga a esa popularización de los bienes culturales y de ocio, carece de sentido y de futuro.
    No se trata de poner barreras ni puertas al campo; se trata más bien de buscar fórmulas que hagan posible y viable la convivencia y armonización de lo que supone el trabajo de unos y el acceso asequible de todos a esta forma de vida que caracteriza nuestra época, una existencia cotidiana en la que diversas formas de cultura tienen su lugar.
    Hoy la gente lee, escucha música, se interesa por la actualidad y el arte. Ha de haber una manera de que sea posible el acceso de la práctica totalidad de las personas a estos bienes sin tener que recurrir a triquiñuelas ni el pirateo. Cualquiera otra forma de abordar el tema es un error y está condenada al fracaso.

  3. Txema Albert dijo:

    Que yo recuerde, nunca he pagado por una película en PPV; sí lo he hecho por algún partido de futbol (pero sólo –con acento, que para según que cosas, sigo siendo muy clásico- cuando el número de amigos espectadores que nos juntábamos a verlo justificaba el coste por cabeza). Cierto también que nunca pensé que pagaría por estar suscrito a una plataforma de Televisión y ahora lo hago cada mes. Será porque “lo que me ofrecen” compensa “lo que pago”. Oferta y demanda –dicen-. Oferta y demanda, cierto. Y si la oferta mantiene un precio más alto de lo que tu demanda pide, queda la alternativa de elegir otro oferente.
    “Así de sencillo” afirman sin rubor los gurús del Capitalismo, como si “tuerca y tornillo” siempre ajustaran a la primera. Se supone que, para que el círculo mágico cuadre, lo único imprescindible es que haya cuantos más consumidores y mayor número de oferentes mejor. Pero es ahí precisamente donde falla la realidad: es cierto que somos muchos los dispuestos a consumir bienes culturales (y no tan culturales ¿os recuerdo que “Tamara, la mal” fue supervertas?), pero no es cierto que esos bienes culturales sean intercambiables, sin más, unos por otros. Quizás se pueda sustituir un paquete de azúcar por otro de otra marca, un lápiz “del 2” por otro (aunque yo para los lápices soy muy especialito). Y lo mismo una espuma de afeitar e incluso una marca de zapatos…

    Pero, en determinados mercados, la capacidad de sustitución de un bien se restringe por la propia esencia del bien ofrecido. Un ejemplo: Van Morrison; ¿otro?: Lady Gaga (aunque a mí me sea indiferente o casi). Y lo mismo en cine, la otra gran columna del ocio cultural, víctima de la piratería -y ahora cada vez más la Literatura, con la proliferación de los lectores electrónicos-. Esa difícil capacidad de sustitución de un producto por otro altera definitivamente la equidad del mercado; lo distorsiona tanto que acaba convirtiéndolo en un “o lo tomas o lo dejas”. Y ante esa situación se revela el consumidor, normalmente sin capacidad de respuesta. Ese mercado perfecto, en teoría, se convierte en la práctica en un oligopolio, en el que incluso los oferentes se ponen rápidamente de acuerdo para fijar precios mínimos. Ni siquiera se preocupan de competir entre ellos.

    Pero todo eso se altera el día que los ceros y los unos digitales sustituyeron a las cintas de cromo y ferrocromo (¡que tiempos aquellos!, ¿verdad, Tudi?). Por primera vez los consumidores encontraron un agujero en la telaraña de productoras, editoras y discográficas. Y el mercado volvió a alterarse. De pronto era más barato comprarse una caja de 10 CDs vírgenes que comprar un único CD de cualquier artista (famoso o no, porque casi no había diferencia de precio entre un artista consagrado y un petardo sexta generación de O.T.).

    Y no, los popes de la industria del entretenimiento (música, cine o la que sea) no vieron venir la diferencia. No se dieron cuenta que “el valor añadido” del negocio ya no estaba tanto en su oferta. De pronto el valor añadido había caído en manos de los servidores de descargas (los Rapidshare, Megaupload, Fileserve y demás –hoy cientos…-), que en base a la inexistencia de una legislación internacional sobre el tema, pasaron (intencionadamente) de distinguir entre archivos “legales” e “ilegales”. Si, por añadidura, las grandes compañías siguen mostrándose reticentes frente a soluciones como Spotify y similares, ¿puede considerarse al consumidor (pirata in-pectore desde el momento en que la SGAE le extrae de su bolsillo un porcentaje de cada Cd, DVD, pen, disco duro, tarjeta y demás soportes digitales inventados o por inventar) como único causante del caos actual en el sector?

    Los efectos los conocemos: pérdidas de empleos en el sector (o sea… la solución fácil de siempre) y de rebote en los medios de comunicación (prensa, radio, tv e internet). ¿Solución? No la tiene; simple y llanamente, no la tiene. No, porque los que están sentados en los sillones (de momento, porque otros ya tienen el cuchillo afilado para sustituirles) no están dispuestos a “refundar” las bases de la industria y llegar a un nuevo pacto con esos consumidores. Tampoco quien se ha acostumbrado a las mieles del “todo gratis “ (o casi, porque Rapidshare, Megaupload y demás no son coste cero…) va a ceder tan fácilmente. Algunos hemos probado el sabor de la sangre y… nos ha gustado.
    Y además, una ultima razón: no estoy dispuesto a pagarle Teddy Bautista la pensión inmoral que va a quedarle. No tengo la sensación de que los derechos de autor que actualmente puedan generar la venta de Cds de su grupo Los Canarios de pa’ tanto. Y los que generara en el pasado ya los cobró en su momento.

    Lo dice el refrán: “Aquellos tiempo trajeron estos lodos”. Lo que no aclara el refrán es que, en más de un caso, aquellos polvos… eran blancos (y sé lo que me digo…).

    • Tudi Martín dijo:

      Txema, lo más lamentable es ver como la industria discográfica se ha hundido y jamás se le pasó por la cabeza contar con la opinión de los que, desde una posición cercana, veíamos con claridad cuál podía ser el desenlace. Nunca hubo una intención clara de solucionar un problema que ha resultado ser mortal de necesidad, incluso ahora, cuando todavía hay soluciones para algún tipo de reconversión, tampoco se intenta algo distinto a prohibir.
      Menos mal que todavía les quedan los politonos.
      Por cierto, excelente tu disección del tema, lástima que estén demasiado ocupados prohibiendo como para leer.

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