Pocas veces una causa es el único motivo de un desenlace. Es necesario que se den cita varias lamentables casualidades para acabar llegando a una situación indeseada. Pasa casi siempre ante la fatalidad: puntos de inflexión decisivos que se pasan por alto, alarmas que se disparan sin que nadie las oiga, indicios no tenidos en cuenta por descuido o absoluto desinterés.
Cuando llega el momento definitivo se tiene la tentación de apuntar a un solo causante, normalmente el que más nos favorece o el que mejor nos libra de toda responsabilidad. O bien recurrimos a la divina providencia: el “Dios lo ha querido así” que asevera con poca fe y mucha sorna mi vecino del primero.
Hoy la noticia más leída en El Confidencial es: “Diez fueron diez las plagas que terminaron con Spanair.”
A ver si al final el que va a tener razón es mi otro vecino, el del segundo, cuando dice: “Entre todos la mataron y ella sola se murió.”
Tirar balones fuera y la resignación no nos evitarán pisar sobre nuestros pasos, mejor será que analicemos causas y efectos si no queremos seguir cerrando empresas que pudieron ser grandes y que han acabado convertidas en ruina privada y pública.








